Relaciones y otros mitos.

Actualizado: 7 ago 2021

El amor no existe, al menos como lo entendemos en esta maravillosa lengua nuestra. Tenemos palabras llenas de significado que nos permiten entender realidades complejas sin mucho esfuerzo, pero en cambio para el amor, solamente somos capaces de murmurar un tímido “te quiero”. Nos faltan palabras, o tal vez nos sobren motivos, pero la realidad es que a veces los “te quiero” se quedan grandes, o pequeños, todo sea depende de quién y cómo lo diga.


El amor tiene tipos, tal vez demasiados, no es igual el de una madre que el de un padre, y mucho menos el de personas del mismo sexo, por no hablar de una con el sexo opuesto cuyo amor es aún más complejo que los anteriores. Tus padres te quieren por el mero hecho de haber nacido, como si de un amor indestructible se tratara. En cuanto al amor entre personas del mismo sexo o al menos sobre el papel nunca es tal. Este consiste en un respeto y confianza mutua que se sobreentiende y considera imperecedero. Ahora bien, el amor con el sexo opuesto es algo tremendamente complejo, hay muchos que discuten que el hombre y la mujer no pueden convivir en amistad. Consideran que se trata de una relación esperando a que una de las dos partes profese amor a la otra, y como relación esta acabará dando paso a otro tipo o quedándose por el camino.


Cafe en Rosario, 2019

Noto en mi entorno un vicio extraño, como si de un molesto zumbido se tratará lo oigo por cada lugar que frecuento. Todos, incluido el pobre diablo que escribe estas líneas, nos consideramos esclavos de “amistades de toda la vida”. Las que mucha gente llama “estoy dos meses sin hablar y luego nos ponemos al día”. Perdóname que te diga, pero eso es una patraña, una farsa que mantiene uno mismo con el otro para sentir que lo correspondido es eterno, ser consciente de las muchas amistades que se tienen y poder esbozar una sonrisa cada vez que alguien pregunta si conoces a una determinada persona. Es miedo al compromiso, una consecuencia estúpida por no llamar a las cosas por su nombre, una amistad es una relación, y el amor de una amistad no es amor, es otra cosa, pero amor en los términos que entendemos solo hay uno y es el de los padres.


Padre e hijo en Buenos Aires, 2019

Somos esclavos de los móviles y de nuestras listas de contactos. Todo aquel que tenemos guardado lo consideramos un conocido, incluso amigo por el mero hecho de compartir ese grupo de WhatsApp. En mi caso, no me avergüenza admitir que amigos íntimos míos han perdido esa condición por el mero devenir del tiempo, las personas cambian, y los momentos vitales avanzan imparablemente acelerando las ya existentes diferencias. Es una verdadera pena, porque no dejan de ser personas a las que has considerado amigos, pero siendo sinceros, sino fuera por ese grupo de WhatsApp ni les otorgaría esa categoría. Están ahí porque no molestan, no entran en mi vida ni yo en la suya, hay una línea de respeto invisible y poco más. Es amigo por el mero hecho de estar en el grupo, pero a la hora de la verdad, no sería capaz de tomarme un café mano a mano.


Cafe en Rosario, 2019

No debemos dejar de pensar en que muchas de esas “amistades de toda la vida” son por pura rutina. Tuviste la suerte de compartir clase con esa persona en primaria, y ahora ostenta la misma categoría que aquellos amigos que eliges, los cuales en mi opinión son más valiosos. No quiero hablar de nombres propios, pero varias personas de las que están leyendo esto saben que nuestra amistad es una elección de ambos porque tenemos los mismos gustos y siempre seremos “ese amigo al que como a mí le gusta tal cosa”. Otro debate francamente interesante es el de aquellos “amigos de toda la vida” que se convierten en amigos por elección. Pienso en varios de ellos, amigos con los que compartía autobús o clase y que ahora comparten varias de mis pasiones nobles, y permitidme que os diga, esos son realmente los que considero mi núcleo duro. Entre otras cosas porque han crecido y sobrevivido a la rutina conmigo, pero sobretodo porque han elegido el camino difícil.


En cuanto a las amistades con personas del mismo sexo, en mi vida siempre han empezado de dos formas distintas, a uno le gustaba el otro o por puro y simple azar. Probablemente varias de las que estén ahora mismo leyendo estarán pensando si son de un grupo o de otro, dejadme tranquilizaros, aquellas que fuisteis por la primera situación ya lo sabéis, y si tenéis dudas tenemos una conversación pendiente. Bromas aparte, hay varias de esas amistades que considero aún más puras y bellas que el resto, difícilmente entre hombre y mujer puede haber una amistad de rutina porque el cambio de odiar a querer al otro sexo es un proceso paulatino y no muy elegante que dinamita cualquier detalle de amistad. Por supuesto que hay excepciones, pero en mi caso no ha sido así. Por eso valoro tanto mis amistades femeninas, no solo hay un interés común por las pasiones nobles sino que hay una leve atracción. Atracción que no tiene nada de sexual, una atracción que se asemeja a aquella que se estudia en el noble campo de la física. Una cohesión recíproca que se mantiene por los elementos físicos, aunque en mi humilde opinión esos elementos físicos (y para el ejemplo psíquicos) comprenden una serie de intangibles que en toda amistad se asemejan al caos cósmico.


Respecto al argumento anterior y volviendo a los innumerables problemas de nuestra lengua, o al menos de mi limitado vocabulario, es la confusión entre los “te quiero” y el amor. Querer a una persona no implica profesarle amor, mientras que profesar amor requiere indudablemente querer a esa persona. Muchos “te quiero” se hacen a personas que simplemente nos agradan, como dirían los mallorquines “t`estim”. Para ellos, estimar a una persona implica no solo el mero “me gustas” sino también una especie de respeto y nostalgia por la relación sea del tipo que sea. A menudo se considera cercano al “te quiero” pero aunque sea inconscientemente hay una barrera entre uno y otro. Al final del día, los envidio profundamente, hay mucha gente de mi alrededor a la que estimo profundamente, pero al menos en mis términos no los quiero.


Amantes en Buenos Aires, 2019

Alan Watts, un filósofo inglés del siglo XX al que cito tal vez demasiado usaba su lengua para reforzar los matices que hemos perdido en nuestra cultura. Para él, el acto del amor se resumía en la expresión “fall in love” traducido literalmente como “caer en amor”. Siendo sinceros envidio profundamente a la lengua inglesa porque son capaces de resumir en una frase la idea de la caída. Como decía Watts, todo se resume en la idea de la caída. Y se remonta, de hecho, a cosas extremadamente fundamentales como puede ser el punto de caída y creación. El acto de “caer en amor” no supone otra cosa que un constante riesgo y demostración de fe, al final se trata de una apuesta. Se da un paso al frente, y se hace con fe en una mano y duda en la otra, sin ser consciente del viaje que espera antes de tocar el suelo. Eso mismo, como decía Watts, se puede aplicar a todo en esta vida, cualquier relación se fundamente en un paso de fe, una caída que puede acabar cuando se pierde esa fe, cuando uno se da cuenta la realidad y distancia real del suelo.


Precisamente por eso soy tan partidario como decía antes de dar a la amistad la connotación de relación. Sería menos doloroso y más sencillo acabar con algunas de ellas que francamente lo único que hacen es consumir y desgastar el espíritu aparentemente imperecedero como diría cierto grupo de rock.


Pescadores en Rosario, 2019

En nuestra lengua somos incapaces de diferencia entre el “te quiero de cada día” y el “te quiero de verdad”, a menudo se entremezclan y el receptor cambia completamente su reacción si es incapaz de entender cuál es la intención del pobre alma que se arriesga a querer en su libre disposición de fe en la otra persona. A mi me pasa a menudo, hay muchos “te quieros” que la gente de mi entorno da por sentado, los digo poco, precisamente para dar valor a las escasas veces que salen de mí. Ahora bien, soy humano, y como todos he caído en el vicio de soltar a diario un “te quiero” que para el receptor eran sin duda del tipo que yo no quería que fueran. También me ha pasado profesar un “te quiero” sincero y que este no haya sido entendido, ese es el riesgo de no diferenciar el uno del otro, correr el riesgo de ser malinterpretado y en ningún caso es agradable.


Soy consciente que aún no he mencionado el amor en el noviazgo, y es que creo sinceramente que no lo he conocido, por eso no puedo hablar de él. Podría teorizar sobre qué se debe sentir o que se debería profesar, pero es algo que desconozco. Sé que nunca he querido de verdad en esos términos, y lo sé porque como le pasaba a Alfred Borden en la que para mí es la obra maestra de Nolan “El truco final” hay días donde quería y días donde no. Para aquel que haya visto dicha obra de arte entenderá a lo que me refiero, y para el afortunado que aún la puede ver por primera vez me permito el lujo de decirle que cierre esta cutre web y disfrute sin distracciones de uno de los mayores placeres irrepetibles de mi vida.




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