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  • Carlos Pinedo Texidor

Hace tiempo que no escribo.

Hace tiempo que no escribo un formato ajeno a mis recuerdos. Me he acostumbrado al espacio limitado de Instagram, y después de mucho tiempo en dique seco me toca echarme al mar de la prosa y tratar de navegar las ideas que tontean con la calma y tempestad.

Puede que mi débil prosa se haya acostumbrado a las cuatro argumentos de mis memorias: Idea, recuerdo, desenlace y anécdota. Pero incluso siendo ese el caso, a veces no queda otra que mirar a la prosa cara a cara y como diría Calamaro, “si diez años después, te vuelvo a encontrar en algún lugar. No te olvides que soy distinto de aquel, pero casi igual”.

En mi caso esos diez años de Andrés no son más que cuatro largos meses. Pero acostumbrado a escribir largo y tendido de manera asidua me noto desnudo y oxidado. Tanto es así, que este tercer párrafo se me hace tan largo que me hace cuestionar las ideas que aquí traigo. Pero volviendo a mi deseo de navegar el mar de la prosa, y aún sin saber usar los puntos y aparte, hoy me toca dar la cara. Y ante el teclado que juzga me toca sincerarme y reconocer (parafraseando a Jarabe de Palo) que hace meses que no escribo, no sé qué guardo ahí dentro, y a juzgar por lo que veo, nada bueno, nada bueno.

Es en este momento cuando el lector que no me conozca puede llegar a asumir que soy un pobre joven que vive ahogado por la crudeza de la vida. Pero como diría mi amiga que sueña con ser menorquina, a veces lo que parece ser, ni parece ni es. Porque en mi caso, la realidad más concreta suele ser la que más me aburre, y es en los recovecos abstractos de mi memoria donde encuentro placer en esto de la prosa. Recovecos que desde hace años viven iluminados por una felicidad, que muy a mi pesar, me impide entender qué es eso de la tristeza vital.

No termino de entender, al igual que he escrito en el recuerdo de hoy, qué habrá en mi cabeza para vivir impulsos de creatividad. Cuantas más dudas me acompañan más chispazos veo. Y cansado de vivir como un mechero sin piedra, quiero hacer de esos eléctricos impulsos una forma de calor en mi vida tallinesa. En mi pequeño refugio báltico alejado del mundanal ruido madrileño he encontrado una calma ajena a mí. Las tragicomedias sociales de la capital han quedado relegadas a un segundo plano, y en ese tiempo ganado, mi cabeza vive un renacer. Tal vez peque de referencias musicales, pero quiero reivindicar la idea una de las mejores canciones españolas jamás escritas por Extremoduro “Hay que dejar el camino social alquitranado, porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas”.

Yo siempre he dicho, o al menos así me gusta pensar, que Madrid es una ciudad idílica. Meca de la nueva moralidad mediterránea y tan peligrosa como un hongos psilocibio. Una ciudad que se articula como la droga sagrada de la inmortalidad, y al igual que nuestros amigos los hongos, cuanto más se consume menos se disfruta y mayor es el riesgo de quedar atrapado en un sueño que nunca acaba. Pero una vez más, me toca corregir el rumbo del barco con el que dejo atrás el dique seco. De Madrid podría escribir volúmenes y enciclopedias. Podría hablar de las calles castizas que viven un renacer. Y eso que el país vive atrapado en la mayor de las decadencias morales y económicas, pero aun así, los madrileños disfrutan de unos felices años veinte enarbolando la felicidad en cada terraza, en cada esquina.

Enderezando la trayectoria me toca volver a lo que hoy me ataña. La culpa y tristeza por no escribir desde hace meses. Porque seamos sinceros, escribir un recuerdo tiene poco que ver con sincerarse en una página en blanco. He aprendido a controlar lo que quiero compartir, y el límite de dos mil pocos caracteres al que ando habituado es una bendición más que un obstáculo.

Creo (y esto lo digo cogiéndolo con pinzas) que la prosa, o al menos lo que yo entiendo que es prosa, jamás debe ser razonada. Creo que la verdadera belleza se encuentra en lo impulsivo. Leer y corregir lo escrito es algo que me produce cierto rechazo. Me fascinan aquellas personas capaces de hacerlo, pero para mí, la sinceridad suele ser mejor que la frase más perfecta. Los signos de puntuación no son tan importantes como el impulso creativo. Y de vez en cuando hay errores lógicos y de planteamiento que embellecen el texto. Las imperfecciones son parte de lo que valoro. La perfección está reservada para unos pocos afortunados que encuentran en la paciencia la virtud de lo sosegado. Y al fin y al cabo yo solo soy un veinteañero que ni sabe esperar ni sabe escribir textos que rocen la perfección.

Puede que alejarme de la prosa haya sido una respuesta de mi subconsciente a mi falta de ideas claras y sosegadas. Como he dicho antes, disfruto de los recovecos más abstractos, y rara vez esos espacios de mi cabeza están ordenados. Me gusta escribir como De Prada,, Sostres o Jabois. Y aunque como individuos me generen cierto rechazo, siento envidia de su ordenados textos que tanto me enamoran.

Quisiera poder ordenar algo los recovecos de mi memoria. Tal vez así pudiera escribir con más asiduidad. Pero me niego a renunciar a lo abstracto. Lo concreto me aburre. Hablar de lo tangible me parece absurdo. Nada concreto es tan interesante, y la única forma de hacerlo atractivo es con un don que si lo tengo aún no he encontrado. Pero más allá de la envidia que me recorre cada que vez que releo “Vuelve Gibson”, “Hay más cuernos en un buenas noches” o “Erasmus” me reafirmo en mi rehuir de la tentación de ser un columnista. Soy un joven no leído que de tanto hablar aprendió a escribir, pero de ahí a saber hacerlo, hay una distancia que aunque esté dispuesto a recorrer aún no sé como.

Hace tiempo que no escribo, y me gustaría volver a arroparme con mis párrafos desordenados. Quiero volver a escribir un martes laborable a las dos de la mañana. Quiero recuperar ciega fe que me hacía salir a navegar sin consultar el temporal. Y lo más complicado de todo, quiero hacerlo sin perder las ganas de describir los recovecos de una cabeza que como hoy, sueña con volver a escribir.




DALLE generated image: "A lonely writer takes off in a boat made of paper on a sea full of doubts"

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