315 - Ya no soy turista.

Cada día me gusta más Tallin, y no lo digo por decir, sino porque cada día que vivo en esta ciudad es un paso más para entender los recovecos de un rincón báltico exsoviético cada día más cosmopolita.


De Tallin podría estar hablando horas, y es que en estas casi cuatro semanas he recorrido gran parte de la ciudad antigua, explorado el perímetro del tranvía y callejeado por los barrios nuevos. Y es ahora sentado en mi mesa, con la brisa báltica enfriando mi café, cuando me doy cuenta que dejo atrás el papel de turista para adoptar el de mediterráneo viviendo en Tallin.


Por otro lado creo que jamás llegaré a sentirme de la misma forma que lo hago en Palma o en Madrid. Ciudades en las que desde que tengo uso de razón han crecido y cambiado conmigo. Ahora me toca por primera vez vivir en una ciudad en la que jamás podré ser consciente de su evolución. Puedo averiguar hacia dónde va Tallin, pero hasta dentro de varios años no podré saber de dónde viene.


Aunque en el párrafo anterior haya cierto pesimismo por lo limitado de mi condición de mediterráneo viviendo en Tallin, ya empiezo a tener mis recovecos. Lugares a los que acudo religiosamente para disfrutar, como el parque de Rannamägi a orillas de la ciudad antigua.


Es en Rannamägi donde pasé ayer gran parte de mi día. Intentando acordarme de cómo hacer longboard de la misma forma que lo hacía cuando tenía quince. Hay ciertas cosas que no se olvidan, como la forma en la que uno se cae, y es que ayer pude abrirme tres veces la cabeza. Menos mal que sé caer de la forma adecuada.


No sé muy bien cuantos recovecos acabaré haciendo míos, pero hasta entonces disfrutaré de camino a mis recovecos entrando en tiendas algo extrañas a comprar carne de oso.


Viernes 24 de junio de 2022

Tallin

Recuerdos con contexto 315




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