¿Y si nunca llegamos a bailar?

A veces uno se pregunta si realmente aquel recuerdo no es más que un simple sueño, tal vez aquella mirada es fruto de una cabeza que intenta elevar a mítico todo tiempo pasado. En mi caso tiendo a sobrevalorar todo lo que he vivido, todo ello a la vez que devalúo el día a día, para mí, el valor del momento viene por la perspectiva del tiempo, y casi nunca por el momento en sí.


También es verdad que es muy díficil rehuir de la memoria cuando tenemos tantísimos medios que nos ayudan a perpetrar la imagen. Hablo de imagen, y no de recuerdo, porque para mí el recuerdo tiene aparejado una fina capa que empaña y hace que toda la claridad desaparezca dejando paso a una visión más translúcida. Por eso uno podría plantearse si realmente todo aquello que queda inmortalizado no es más que una imagen del momento, pero jamás será tan especial como el recuerdo borroso y tímido que cada día es menos claro.


Estas primeras líneas serían muy distintas si no hubiera tirado un carrete a la basura. Lo más probable es que nunca se llegara a enganchar bien a la pestaña del pasador. Es decir, he estado dos días de un lado a otro haciendo fotos en momentos grandiosos con un carrete que no avanzaba, tantos momentos que jamás van a ser vistos otra vez. Tantas imágenes que ahora se conforman con ser recuerdos.


Bar Jean, Biarritz, Octubre 2021

Si el carrete se hubiera usado bien, estas líneas serían más melódicas e incluso relajadas, me acordaría de aquel rincón de la mesa con Paula, Coro, Letibu y Mato. Puede que incluso me acordase de esa parada de gasolinera con Evelio, Pablo y Leti en la que mis nuevas zapas fueron duramente criticadas. Otros miembros de aquel viaje me hablarían de los bailes en Biarritz, probablemente Muro y RuizJa podrían justificar sus arranques de sevillanas e incluso Juan podría hacernos creer que aunque solo fuese un minuto, algo bailó en su querer seducir a Ale.


Aquel momento podrá ser visto otra vez por las decenas de franceses que grababan a los trece españoles que al ritmo de “Arroz con coco” bailaban con un grupo que no dudó en aceptar las cervezas que Pablo y Alfi les acercaban. Franceses que por cierto, en ningún momento formaron parte del círculo de baile que montamos, salvo algún niño que se escapaba buscando la complicidad de Leti, nadie quiso formar parte de algo que para nosotros será siempre un recuerdo.


Es más que probable que por no tener esas dichosas fotos, acabemos olvidando detalles de esos pasos dobles y cadereos involuntarios. También es más que probable que estas líneas sean bastante ajenas a la realidad, al fin y al cabo es la percepción de un tío que no sabe usar una cámara analógica.


Reducir el viaje a aquel mero baile roza el insulto, tal vez pudiera hablar de la madrugada a ritmo de Queen con Ale bailando sobre uno de nosotros absolutamente inconsciente en el sofá del porche. Podría hablar de aquella recena poco acertada de maíz y pimientos, o el amago de carrera por el que teóricamente subí ahi.


Hablar de todo eso no hace más que reforzar el argumento de antes, nunca sabremos si realmente bailamos, y creedme que prefiero que se quede así.





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