Un salmón algo bohemio.

Actualizado: 7 ago 2021


Era un noche de mayo, donde celebraba que había o iba a cumplir dieciocho años. Entre regalos y anécdotas llegó a mis manos un pequeño paquete verde de parte de mi amigo Javier. Me lo dio con la misma cara que pone Messi cuando le señalan falta al caer delante de la frontal. Javier, al igual que Lio, sabía que ese momento era un antes y un después, porque según sonase el silbato y la música, un gol subiría al marcador.



Mi amigo, enamorado del hablar del Salmón tuvo por ocurrencia regalarme el mejor de los regalos, un disco algo mal envuelto, disco cuyos dibujos me fascinaron. Pocas veces un álbum tiene tanta comunión entre iconografía y letra. Este es una de esas raras excepciones. Un disco donde el sabio de rizos y tatuajes recorre las últimas palabras y destellos de una conciencia que va más allá de los comederos de Puerto Madero.


Durante toda la cena, rondaba mi cabeza la misma idea, cómo sonará este tal bohemio que se hace llamar Salmón. Un ser de eternas letras y rimas que se niegan a brotar del consuelo de un cantante incapaz de llorar. Mentiras y lamentos para quien reniega del corazón de un argentino adoptado por los gatos a los pies de las Ventas. Un imperecedero amigo de sus amigos que anda esperando a que se junten ahí arriba. Tal vez Javier pensó lo mismo, ahora ya sabe que si me toca ir arriba antes que él, estaré en la vida eterna, aguardando con canciones y rimas de nosotros. Buscando en aquellas ciudades eternas, por si hace frio, el resguardo de sus queridos cuarteles de invierno.

Siempre fui a contracorriente, de amar las pequeñas grandes cosas, buscando mis alimentos y rutinas. Aún a pesar de ello, Javier y yo nunca sospechamos (ni con el pecho) que una lágrima de una procesión por dentro fuese tan fría, una cosecha de emociones y discusiones que nunca son iguales. Tal vez por eso acertó, me pensó bohemio, como aquel gaucho que se despierta en la mañana y mira el horizonte otra vez, deseando huir de las semanas aún creyéndome nacido para correr.


Sensaciones aparte, aquella noche una voz de dulce tango que atrapaba como ninguna me recitó unos simples versos bohemios donde cada sílaba era un latido del frío del último encuentro. Un recuerdo que se hace amargo en la sal del recuerdo al ritmo del más bohemio de los discos, del más certero y personal de los regalos. Sueños inexplicables que trascienden el recuerdo, ideas más allá del día nuevo, alegrías y pesares que me han acompañado en mi etapa de bohemio de postín. Jamás dormí de noche aún cuando encontré el vicio y soledad, recuerdos inexplicables en medio de noches sin dormir en aquel Toyota junto a Pablo.

A menudo vuelvo y me recreo en aquel simple disco, sueño que me aferro a las espinas de las rosas cuando me acompaña la noche al caminar, aún incluso cuando la noche del abismo no me cambie y siga siendo el mismo para mí. Me imagino con aquel regalo, sueño que no lo abro, que jamás rindo homenaje en mi libertad a las canciones que marcaron un antes y un después en las palabras de la ausencia, aún incluso camino a nada.


Otras veces me imagino a mi querido Lucho soñando ser eterno en una casa vacía que pregunta cuándo volverá, un sueño esperando que nuestro Atleti vuelva otra vez, porque cada vez que vuelve lo queremos más. Eso es la vida, lo que transcurre entre partido y partido rojiblanco, interminables esperas que se suavizan con la voz de Andrés. Largas semanas que nos hacen rehénes del colmo del síndrome de Estocolmo.


Pero tranquilos, que al final de todo ni lo uno ni lo otro importa, todo se resume en dos tipos de personas, las que te enseñan con cariño las canciones del Salmón y a las que se las enseñarás tú.




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