Racional e irracionalmente rojiblanco.

Decía Extremoduro que “para estar tan colgado hace falta echar un par de huevos”, y os vengo a decir que como de costumbre tienen razón. Y es que la vida no es más que la normalización de la locura. La constante búsqueda de la cordura en los arrebatos pasionales, la búsqueda de la razón en el actuar del impulsivo, y como sigue la canción, “de tanto pensar, de perder el tiempo, de tanto privar, por poco reviento”.


Soy un afortunado, mi amor por el Atleti nace de una decisión racional, de la lágrima no exteriorizada de un niño que se queda sin un abuelo aviador. Es la historia de quien no acepta que se equivocó al no hacer feliz en vida a su abuelo y se resigna a esperar que le escuche desde ahí arriba con cada grito en el Metropolitano. Me quema por dentro saber que por mucho que mi abuelo intentara a través de camisetas y de historias hacerme un indio, yo iba cada domingo a la cuadra de Chamartín con mi padre de la mano.



Elegí, sí, eso que tan difícil es en el mundo de las gradas, ser del Atleti, y es una decisión que por mucho que me duela nunca va a cambiar la dureza de la realidad, mi abuelo Carlos jamás leerá a su nieto hablar del escalofrío que siente cada vez que se acerca un día de partido o de esa obsesión enfermiza con llevar la bandera a cada una de sus gestas deportivas y personales. Por eso jamás lograré parar esa guerra interna de los “y si” y los “ojalá”, no me queda otra que intentar llenar un pozo sin fondo que juega con mi cordura.


Mi hermano Rodrigo tuvo suerte, él sí pudo alegrar a mi abuelo en vida, y fue quien a mis once años me arrastró a Neptuno después del Fullham, o con quien lucí la rojiblanca en Perito Moreno. Dice que estoy muy mal acostumbrado con este anómalo Atleti del Cholo, pero como le digo siempre, a mí no me gusta el fútbol, me gusta el Atleti, y en especial su grada, que venga lo que tenga que venir, pero que sea con el Fondo Sur y el escudo de la mano.



Creo que como decía al principio nos obsesionamos en buscar la cordura en esta vida, alabamos la templanza del estoico y criticamos la pasión del artista, pero la vida es mucho más que equilibrio. Para mí el verdadero valor de todo esto es la versatilidad, esa cualidad que mi entrenador de fútbol decía que iba a ser mi mayor perdición. Y es que la vida es mucho más que el término medio, hay que ser versátil, saber pasar de cero a cien en lo que tarda en llegar el central a por el balón o lo que uno tarda en devolver el beso de esa persona que tanto te gusta.


La vida está para vivir, y eso no significa huir del camino sensato, sino de aceptar que en todo andar hay momentos en los que merece la pena echar a correr en uno de esos arrebatos tan racionalmente irracionales. Porque la vida es una locura, y en esa falta de cordura hay que hacer las paces con uno mismo y aceptar que la felicidad es en sí irracional.



Por eso los de rojo y blanco somos campeones de la vida, porque somos felices en la derrota. En el mayor de los sufrimientos un atlético está cómodo, porque ha hecho las paces consigo mismo y entiende que para ser feliz hay que haber llorado dentro de su propia casa, porque queridos amigos, no hay nada que traiga más paz que las lágrimas de la derrota.


Yo no sé muy bien de que quería hablar, llevo algo más de cuarenta minutos tratando de calmar los nervios del viaje a Manchester, y permitidme que os diga, no son nervios por el resultado, sino por estar a la altura de la grada. Cada “muchachos hoy viajamos juntos otra vez” me acerca más al recuerdo de mi abuelo, quien ojalá desde el tercer anfiteatro vea a su nieto escribir estas sesudas líneas y llenar una vida de carretes fotográficos y de textos para cuando me toque compartir grada junto a él poder hacer las paces con la decisión mas racionalmente irracional de mi vida, vestir de rojiblanco.



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