Piratas en la cena.

Dice el padre de un amigo que le faltan vidas para conocer Mallorca, tal es la variedad de nuestra querida isla que nadie es dueño de nada. Así ha sido durante siglos y dudo que vaya a cambiar. Puedo imaginarme a los primeros piratas acechando una costa balear sin población creyendo haber encontrado la última gran isla deshabitada, hasta que pocas horas después aparecían honderos que venían del interior de la isla a defender su preciada joya.


Mallorca siempre fue un espejismo de un tiempo pasado, basta con recorrer los caminos interminables que separan las fincas de Llucmajor o incluso si se pregunta al mero turista a este le basta callejear por las aceras mágicas de Sóller para apreciar los resquicios de otra época. Es una isla atrapada en el tiempo que tontea con la constante calma. Se mece entre olas esperando una revolución que nunca llega.


Al igual que aquellos piratas uno comienza a apreciar más allá de la más que celebrada costa cuando recibe una pedrada del corazón de una cultura interior que cada vez duerme más. La pedrada puede materializarse de diversas formas, muchos cuentan que la mujer mallorquina es un choque cultural de tanta belleza que era muy común que el marinero pasajero se aferrase a los leves cortijos de la madrugada entre murallas. En mi caso conozco varias pedradas, desde aquel joven que subió a Puig de Randa y entendió por primera vez la inmensidad de una isla más allá del terreno o incluso aquella amiga enamorada de una isla que alguna vez le profirió el amor más sincero de todos. Podría seguir enumerando los casos más cercanos y más imperecederos pero faltaría al objetivo de esta breve duda.



Ayer en la cena, en lo que tal vez sea el último resquicio de la perfecta unión entre piedra y alma mallorquina observaba a mis sobrinos mientras estos trataban de entender cómo podían haber moldeado a su antojo la roca que los rodeaba. Por sus miradas uno podría pensar que debían imaginar a piratas corriendo por una costa interminable mientras los honderos locales les menguaban con cada suspiro, con cada lanzamiento.


Ahora bien, por los "y si" y mundos que soñaban en alto uno podría haber pensado que tal vez ese cabo sea aún más especial desde la inocencia de dos niños que despojan de lo actual a una fortaleza de un tiempo ya pasado. Para ellos en cualquier momento cien piratas y otros tantos galeones podrían haber amarrado cerca de la mesa, habrían pedido esos limones de Sóller que tanto disfrutamos y varias rondas de un café tan aromático que te atrapa en una isla que hace todo por no dejarte ir.


Me gustaría volver a esa inocencia de la infancia, soñar con los piratas en las mesas circulares de la fortaleza más mallorquina, compartir velada con estraperlistas y honderos mallorquines. Soñar despierto que la velada se traslada a los talaiots de la carretera de Cala Pi, para así, al igual que mis sobrinos disfrutar de unos piratas en las rocas más especiales de la isla más mediterránea.





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