Menos da una piedra.

Estoy tumbado en mi cabaña de madera, borrando cada línea que escribo, revisando textos antiguos a ver si así consigo tranquilizar las ganas de exponer aquí todo lo que pensé hace escasas horas entre piedras y una grandísima compañía. Realmente, en cualquier otro contexto habría llegado a casa y no me habría costado escribir. Pero hoy es distinto, tengo tanto que contar que no se por dónde he de empezar.


Eso lo escribí hace dos noches, y mentiría si digo que no me cuesta poner palabras a una puesta de sol tan peculiar. Aún separando la compañía de aquel momento sigue siendo uno de las puestas de sol más sobrecogedoras que he visto en mi vida. Estuve varios minutos sin poder hablar, la inmensidad del mar con el verde de unos pinares infinitos me hacían sentir insignificante, y ni siquiera la comodidad de la mejor compañía era capaz de avisarme de todo lo que me quedaba por sentir.



Realmente el cómo acabé ahí es un suceso de carambolas que poco o nada tienen que ver con mi verano tradicional. Para poder entender esto hay que retroceder varios meses atrás, acordarse de mi idea de correr un medio Ironman e incluso entender que el verano para mí es descanso, lectura y nula vida social. Por eso a menos de dos meses de mi Ironman, pretendía este verano más que nunca, entrenar, descansar y olvidarme del mundo exterior, pero como en esta vida nada se cumple, todo fue distinto. Y aquí estoy un veintidos de agosto, en una forma física pésima pero con unos recuerdos únicos.


Quienes me conozcan sabrán de mi tozudez, por eso, sobre el papel, nadie hubiera apostado por mi falta de entrenamiento en verano, pero claro, hay veces en esta vida que la cabezonería se ablanda con cada gesto, con cada rato.


Teniendo claro que hasta el más tozudo y cabezota puede prescindir de sus planes podemos volver a esa puesta de sol tan mágica. Siendo sinceros, más que una puesta de sol fue una expedición en busca de un tesoro. Yo no sabía lo que andaba buscando, lo único que tenía claro es lo que ya había encontrado. Por eso, cuando después de andar por las cordilleras más estrechas, atravesar árboles caídos y paredes verticales de puro musgo, lo último que esperaba encontrar era una piedra que representase tanto con tan poco.


Una sombra se erigía ante la inmensidad del lugar a donde fui a parar guiado por una mallorquina que con cada descuido me miraba pensando "este foraster se mata". Cruzamos un puente que unía el estrecho camino con ese montículo sin sentido sobre el que flotaban las que tal vez sean las piedras más bonitas de toda la isla.


En ese momento me hubiera gustado ser Blanca, para ver la cara de sorpresa de alguien muy difícilmente impresionable. Una cara que debía mezclar emoción con sobrecocimiento, porque ese paisaje te hacía sentir poco más que polvo de estrellas como diría Sagan.



La verdad es que soy incapaz de acordarme del tiempo que estuvimos ahí, se me hizo eterno, como si fuera un momento estelar de esos que me gustan tanto. En un momento dado, entre el silencio más cálido y la sonrisa más dulce se me ocurrió esbozar un "y todo esto porque mi abuelo sobrevolaba Mallorca". No sé dónde estaría ahora si mi abuelo Carlos no hubiese convencido a mi abuela Margarita de pisar una isla de dunas y pinares que desde el cielo parecía bonita. Lo único que si sé, es que ese momento, subido a las ruinas de una cúpula, con Blanca a mi derecha y las aceitunas a mi izquierda jamás se habría producido. Ni ese, ni otros tantos que han hecho que mi entreno haya sido nulo.










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