Las palabras que no fueron.

Me gusta pensar en lo irónico de la vida, especialmente en aquellas situaciones que no son reales hasta que no se murmuran, o en este caso, se escriben. Uno no estará nunca enamorado si la otra persona vive en la ignorancia, del mismo modo que un árbol que se derrumba en el bosque no hará ruido sino hay quien lo escuche. ¿Realmente podríamos saber si ese árbol se ha caído sin haberlo escuchado?


Con el amor y demás arraigos de la vida uno comienza desde joven a experimentar lo que en sus propios términos calificará más adelante como flechazos o breves e intensos affaires no correspondidos. El problema para mi no es otro que los términos que he ido dando a lo largo de mi vida a todos aquellos intercambios en mayor o menor medida amorosos, claro está que mi yo de ahora disfrutaría hablando con aquel joven fumador en la terraza de Berlín. Sin duda le espetaría un “tampoco es para tanto”.


Según he ido vagando sin aparente rumbo puedo considerarme afortunado por vivir abierto a todo tipo de relaciones. Es precisamente eso lo que ha hecho que este año más que nunca haya elevado a la docena mi lista de cafés y de posibles. He descubierto rincones ocultos de Madrid en mi particular cruzada por buscar el mejor café y consecuentemente el amor. Varios de los que leerán esto y se me ocurren tres nombres y otros tantos motes no tardarán en suspirar con un “el amor no se busca”, a lo que yo como siempre les respondería “no te puede tocar la lotería sino juegas”. Claro está, que ser un ávido jugador de esta particular lotería azarosa del amor conlleva perder mucho más de lo que a veces se gana. Este año gané varios reintegros, pero claro, recuperar el tiempo invertido divierte pero no llena.


Ahora bien, varios de los que van a leer esto conocen en mayor o menor medida mis tejemanejes en aquel rincón de Rodríguez-Marín, por eso tampoco puedo permitirme el no mencionar la delicada línea entre lo que se dice y lo que se piensa. Escribo este párrafo con aquella madrileña más o menos morena en mente, con la que después de varios cafés y otros tantos aguas con gas murmuró un tenue “me gustas” que al no ser correspondido instantáneamente se perdió en una conversación indiferente. Tristemente me gusta pensar que en ese momento podría ser correspondido por mi parte pero no se dijo y como toda palabra que no se dice, se evade en un mar de subjuntivos.


No sé por qué no salió de mí en aquel momento, me gusta pensar que esas cosas simplemente salen. Al menos en mi corta experiencia cada vez que se hace el esfuerzo por profesar amor acaba siendo de todo menos eso. El gesto desinteresado se convierte en un medio para lograr el fin, “voy a ver si diciéndole que me gusta me hace más caso” me dijo un amigo hace varios meses. Como os podéis imaginar aquella mujer no le hizo más caso.


Por eso me cuesta tanto enarbolar determinadas emociones y con más razón concretar un sentimiento específico. Tan solo el mero hecho de reconocérmelo se convierte en una tediosa labor que cuando se produce muchas veces ya no hay tal sentimiento. Por eso me gusta la idea de este título, unas palabras que no fueron, que de haber sido jamás sabré qué podría haber ocurrido y cuya única certeza es que ahí se quedaron, por cobardía o falta de ganas nunca fueron, pero ese es otro debate.


Ojalá alguien en algún bosque escuche el ruido de este árbol al caer.




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