La inercia del azar.

Ayer tomaba un café que poco a poco se convirtió en cena. Entre temas muy dispares acabó surgiendo el eterno debate sobre el porvenir de nuestras vidas. A lo largo de mi vida he tenido diversas opiniones, desde la defensa del libre albedrío más caótico hasta una visión mucho más centrada en el destino. La conversación fue bailando en torno a una hoguera de suposiciones e interrupciones hasta que un momento dado entendí que estaba entendiendo todo mal. Me había obcecado en una visión más desordenada de lo macro mientras que ella me quería hacer entender su visión algo más individualista y con más sentido de lo que pensaba.


En un momento dado, habiendo centrado algo más el debate fuimos a dar con una piedra angular de ambas visiones, para ella y su visión más romántica de la vida, uno no intenta escapar del destino, porque el mero hecho de intentarlo sería recorrer el camino. Para mí, algo más centrado en la maldad de la naturaleza humana, el destino de cada uno puede tener un fin, pero es el deber de cada uno de nosotros cumplir y vivir para logarlo. Ella ve los senderos dirección a Roma, mientras que este pobre escritor únicamente ve la ciudad romana. En ambas visiones compartíamos la idea de camino y su influencia posterior. Unos lo llaman efecto mariposa, pero realmente la idea del camino y los pasos que se dan en él se asemeja más a unas fichas de dominó.


Ahora bien, realmente la concepción de destino pierde la belleza de la palabra original hado proveniente del latín “fatum”, muy en desuso en nuestra cada vez más escueta lengua. Mientras que el destino hace referencia a un mero encadenamiento de sucesos, el hado se entiende como una fuerza desconocida que obra de una forma hegemónica y nada escapa a su influencia. Por eso me gusta tanto como le decía ayer a mi contertulia la palabra anglosajona “fate”. Es una derivación etimológica más directa del latín, lo que hace que mantenga esa esencia de fuerza irresistible y hegemónica.


Dejemos la etimología de lado y volvamos a las ideas de ayer. Me interesó especialmente una aportación que me hizo entender que mientras que todos los caminos llevan a Roma uno puede divagar e incluso hacer sus propios caminos, pero al final siempre cruzará el Rubicón. Me sorprendió gratamente, rara vez uno se topa con una visión tan predestinada que otorga al individuo tanta libertad, aunque difiera de tal idea me interesan mucho los matices y cómo se pueden aplicar a mis ideas. Considero que todos tenemos una cierta obligación para con nosotros y la trascendencia de nuestras vidas, algo que puedo reforzar con ciertos matices de las ideas de quien compartía el ceviche conmigo.


Cada vez quedaba menos agua con gas, y casi al borde de mi tercer solo doble con hielo comenzó una divertida discusión sobre el caos y el azar, así como la diferencia entre azar real y el azar que somos capaces de entender. Realmente creo que los confundimos, hablamos de azar cuando realmente queremos hablar de caos, porque cualquier aleatoriedad en nuestras decisiones está tan marcada por determinados factores que deja de ser azar y simplemente es una decisión inconscientemente influenciada.


Podría extender esta breve queja, añadir mucho de lo que se habló en aquella terraza frente al puerto, pero perdería la magia de la inercia, una conversación es tal por la propia inercia de la palabra. El azar y el caos se parecen mucho a las conversaciones, sin cierta inercia no es más que algo estático que no merece la pena recordar y poner por escrito.



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