Hoy viajamos juntos otra vez.

Hace escasas horas que ha terminado mi vigésimo cuarto cumpleaños, y ahora en plena madrugada escribo esta carta de despedida que roza el epitafio. Soy joven, tal vez menos de lo que corresponde. Puede que hace años perdiese la insensatez que tanto me caracterizaba. Dicen mis amigos que he renunciado a la insensatez en busca de algo que ni yo sé lo que es, y yo solo creo que he aprendido a justificar mis decisiones más impulsivas.

La madurez es una cualidad que junto a la sensatez articula el carácter de un treintañero en potencia. Y no quiero repetirme en exceso, pero creo que ambas cualidades solo pueden ser entendidas si se contraponen con la impulsividad de la persona. En mi caso, y según dice cierta amiga mía, tengo un temple y carácter estoico, que cuando se altera deriva en un actuar impulsivo y pasional impropio de mí. Puede que esos impulsos sean normales para otra persona, pero si se observan y contraponen con mi aparente madurez, uno podría hablar de una intensidad más bien propia de un joven insensato.


Quienes me conozcan me habrán oído alguna vez defender la figura del joven. Parece ser, o eso dicen, que una vez se alcanza la veintena el niño pasa a ser adulto. De la noche a la mañana uno vive un sinsentido algo paradójico que durará varios años. El pobre veinteañero es tratado como un niño a la par que es juzgado como adulto, vivimos una constante infantilización de la población. Creo que no me equivoco si digo que los jóvenes (o aquellos que ni somos niños ni adultos) tenemos cada vez menos responsabilidades fruto de la falta de confianza que no de la falta de capacidad. Y en esta paradójica tesitura defiendo el uso del término joven para recalcar que no somos niños, sino adultos en potencia.


Agosto de 2018 en Tallin con varios kilos de más.

Me había propuesto no hablar de política, pero creo que es muy ilustrativo observar como nos infantilizan desde los atriles nuestros electos representantes. ¿Cómo es posible que ninguno de los trescientos cincuenta diputados sea capaz de alzar la voz? Tal vez sea muy pesimista, o un ignorante, o puede que ambas, pero soy incapaz de creer que nuestros políticos no tengan el valor suficiente para dirigirse a nosotros y asumir que España es un país social y económicamente quebrado. La España feliz de los mundiales de Alonso y Los Serrano ya no existe, y parece que nadie es capaz de asumir que necesitamos décadas para recuperar todo lo que un día hubo y que desde el Congreso y Senado se han empeñado en pisotear. Veo a mi generación y no veo ilusión, y entre otras cosas es porque nadie nos trata con respeto, y en esa carencia de afecto muchos de nosotros buscamos cobijo más allá de Pirineos.

Los párrafos anteriores escritos con rabia y tristeza me obligan a reconocer de la forma más humilde que jamás dejo reposar lo que escribo. Soy más que consciente de la infinidad de desperfectos que rodean mi escritura. Tal vez reposar y pulir elevaría a decente mis irregulares párrafos, pero ante la fragilidad de mi efímera juventud valoro la cantidad antes que la calidad. En mi humilde escribir y vivir, lo que más valoro es la sinceridad más inmediata, cualidad que no ha de ser confundida con la impaciencia y la impulsividad. La inmediatez cuando es sensata es a mi juicio la forma más pura de comunicación, y por eso rara vez vuelvo a lo escrito, motivo por el que a las dos de la mañana escribo esta breve carta que baila con la queja, la rabia y la ilusión por viajar juntos otra vez.

Son miles los caminos que este texto puede seguir, podría dejar a la impotencia acabar este texto con la razón que me hace irme a vivir a Estonia. Sin embargo llevo algo más de una hora al ritmo de Calamaro, Extremoduro y The Smiths, y entre tanta balada y pegadizo estribillo siento que estoy arrebatando protagonismo a la decisión racional más inmediata que he tomado en muchos años. Razón por la que he hecho las maletas para irme a más de tres mil kilómetros de mi queridísima Plaza de Neptuno. Razón que me hace volver a valorar esas rayas canallas que llevo dentro de mí.

Hace casi cuatro años, en pleno mes de agosto, un ilusionante Atleti nos citó a miles de colchoneros en la capital de Estonia. Por una de esas carambolas de la vida acabamos mi hermano y yo rondando las calles tallinesas celebrando entre cervezas y atónitos estonios que una vez más éramos campeones de la vida. Y es ahora, en las líneas que aquí siguen, cuando corro el riesgo de ser molestado por alguno de Concha Espina que aún no ha digerido su particular resaca europea.


Es cierto que todo colchonero quiere ganar una orejona, para entre otros muchas cosas, poder lanzarla al río y olvidarse de la competición más absurda e injusta que existe. Pero es que ahí es donde está la magia, el fútbol no es justo, no entiende de razones, y como decía Luis del subcampeón no se acuerda nadie. ¿Y entonces qué celebra un atlético si nunca ha ganado una orejona? Es más sencillo de lo que parece, el Atleti es un oasis en este país que se ha vuelto tan gris y desilusionante, y como todo oasis, hay afortunados que lo ven y otros que en su lugar ven un espejismo.

El Atleti es la vida misma, caer y levantarse, morir por los tuyos y la certeza de que en la mayor de las derrotas hay satisfacción. El Atleti es su gente, y mientras siga habiendo la ilusión de los de que alguna vez llenamos la grada seguirá habiendo Atleti, y estad tranquilos, porque aunque del subcampeón no se acuerda nadie, no nos hace falta. Somos felices porque nos sentimos satisfechos con la comunión entre grada y césped de esta década cholista. Tenemos recuerdos para transmitir a varias generaciones. Alejaos de todo aquel que os diga lo que podéis o debéis disfrutar, como por ejemplo como ocurrió cuando a la vuelta de aquella Supercopa de Europa del año 2018 ciertos sectores aseguraban que disfrutar de ese trofeo de verano no era más que un signo de conformismo y que el Atleti debía aspirar a más. Por eso jamás lo van a entender, yo de ese partido no me llevo la victoria, me llevo el abrazo de la grada con Costa y la felicidad de cada colchonero que tiñó de rojiblanco la orilla del Báltico.



Agosto de 2018 en Tallin con varios kilos de más.

No sé muy bien cuántos párrafos llevaré escritos, tampoco termino de entender el popurrí de ideas que se suceden en las líneas que preceden. Tal vez la copa de oporto me haya ayudado a soltar los dedos y volver a escribir con el habitual estilo caótico que me caracterizaba, o tal vez sea como diría Calamaro una mezcla de orgullo y miedo entre tanta idea y ganas de narrar el porqué de mi exilio. Tal vez algún día sea capaz de encontrar otra razón por la que he podido hacer las maletas con tantísima facilidad, pero hasta que llegue ese improbable día seguiré sabiendo que no hay nada de irracional en ir a una ciudad únicamente porque el club de mis amores jugó un partido conmigo en la grada.

He de reconocer que puede sonar a recurso literario para justificar una decisión que sobre el papel puede ser defendida. Estonia es un país con una grandísima naturaleza, con salarios e impuestos muy competitivos, poco crimen y grandísimas oportunidades de crecimiento. Pero claro, una cosa es el país y otro el lugar en el que uno va a trabajar, y la única razón por la que fui a dar con mi futuro empleador fue gracias al Atlético de Madrid.

Una tarde después de un semana de esas que queman hasta el alma fui a parar con una de esas epifanías que parecen hechas a medida. Ahí estaba yo, sentado en mi cuarto, soñando como de costumbre con escenarios irreales cuando de repente mi vista se posó en la portada enmarcada de aquel trofeo de verano del que hablé antes. Ante mi mala semana laboral y personal deduje que si había sido feliz en Tallin gracias al Atleti una vez podría serlo otra vez. Abrí LinkedIn, acudí a la sección de trabajo y filtré usando las palabras “lawyer at Tallin”. Rellené todos los datos del primer resultado que salió y después de un mes de entrevistas y pruebas escritas recibí la oferta que hace que hoy escriba esto.

Como decía al principio hay cierta insensatez que es inherente al joven, y que precisamente por su condición de adulto en potencia puede llegar a ser entendida. Si uno juzga con los ojos de un adulto, mi decisión de emigrar porque el Atlético jugó un partido en mi ciudad de destino acabará llegando a la conclusión de que el que escribe esto es un soberano inconsciente. Sin embargo, si se juzga desde la mirada curiosa e inexperta de un joven, uno puede llegar a entender mi decisión. Y con independencia de la forma en la que se juzgue mi toma de decisiones, para mí, colchonero canalla y melancólico, no hay nada más racional que guiar mi vida por el ferviente deseo de viajar juntos otra vez.

Hay una parte de mí que siente que la decisión tiene cierto ápice cobarde. Aunque a mis veinticuatro años voy a permitirme el lujo de apartar la cobardía para asumir que dejo atrás la tristeza y falta de ilusión de un país cuyos políticos se empeñan en hundir. Debo añadir aún a riesgo de equivocarme creo que la única forma de volver a recuperar esa alegría y picaresca propia de los primeros discos de Estopa, Melendi y Jarabe de Palo es a través de jóvenes que como yo desde fuera de nuestras fronteras logren transmitir el potencial de un país que tiene todo lo que se empeña en creer que no tiene. Y sino acordaos del exilio de Filipe Luis.


No sé muy bien cómo será de acertada mi decisión, pero sí que creo que lo correcto para acabar este texto y mi despedida madrileña es con Extremoduro en bucle. Creo que huyo de la vida fácil, del camino social alquitranado. Porque seamos sinceros, en estos fugaces e insensatos veinticuatro años de vida nunca me ha faltado de nada. Siento que he vivido en una maravillosa pero asfixiante jaula de oro y creo que acabaré perdiendo la cabeza y la ilusión si no empiezo a tomar decisiones que me alejen de ese camino sencillo y estable. Y entre tanta carta y despedida no puedo más que tararear la estrofa más sincera y autobiográfica que ha escrito Robe.

De pequeño me impusieron las costumbres

me educaron para hombre adinerado

pero ahora prefiero ser un indio

que un importante abogado.


Agosto de 2018 en Tallin con varios kilos de más.

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