Doce horas, medio depósito y varios cafés.

Llevo una época obsesionado con Escohotado, lo leo tal vez demasiado, incluso me obsesiono con mis garabatos y subrayados en mi copia de “Mi Ibiza privada”. Le he dado muchas vueltas a lo que hace que uno considere como propio algo tan idílico y mágico como un fragmento de un archipiélago envidado en todo el mundo y tan solo después de estas doce horas lo he sabido entender.


Cuando mi querida amiga Blanca me contó que en una de sus habituales aventuras pasaría por mi querida isla supe que tenía que transmitir aquella idea tan bonita de Don Antonio, la vida isleña puede ser más de lo que se percibe. Dicho esto, a las ocho de la mañana, y menos de diez minutos después de su aterrizaje, estábamos sentados en el Club Nàutic Portitxol esperando a Jorge y sus patines. En poco menos de dos horas despachamos tantos temas entre los tres que juraría haberme embarcado en uno de esos viajes que tanto soñábamos. Lamentablemente un sonido de esos que es mejor no recordar nos hizo despertar, en especial a un Jorge con una felicidad propia de quien lleva dos cervezas antes de las diez.



Despedimos a Jorge, con dos cafés y dos horas a la espalda nos apresuramos a llegar a una cueva de esas cuya luz cambia en cuestión de minutos. Después de varios amagos y cuatro cariñosos improperios Blanca saltó desde el acantilado para después poder bucear y cumplir con mi particular ritual cuasi religioso: silencio, cubrirse de arcilla y posterior bautizo en el agua más esmeralda del mundo.


Poco menos de una hora después sucedió lo que hace que escriba hoy. Dicen aquellos que estuvieron antes que yo, que Mallorca no hay una, hay tantas Mallorcas como personas dispuestas a dejarse sorprender, y claro, como curioso que soy me considero una de ellas. Hace más de veinte años que conozco y recorro cada recoveco de una costa cada día más secreta. En los últimos cuatro veranos he descubierto ocho cuevas a escasos cien metros de mi casa, y todo eso sin salir de la bahía.



Hace varios días, en una de esas tardes de “marea alta” (perdonen los del norte) atisbé un hueco a escasos dos metros de profundidad, se adentraba otros tres en la roca y una vez llegabas al final una luz diagonal iluminaba un aparente camino a seguir de cuatro metros de largo por apenas uno de ancho. Como iba con mis sobrinos y debido a la marea no pude comprobar si aquellas luces eran una bolsa de aire o un mero recoveco de la erosionada roca que reflejaba las luces como espejos.


Considero entre otras muchas cosas que mi Mallorca es la de las cuevas y grutas marinas, por eso cuando hoy con una menorquina de esas adoptadas, he sido capaz de entrar, avanzar y salir de aquella cueva, descubriendo con ella un nuevo detalle de mi Mallorca he descubierto un nuevo matiz. Mi Mallorca puede ser compartida. Pensándolo bien, ha sido una absoluta locura, la salida de la cueva no solo te transportaba a otro lado, también era un pozo vertical presidido por dos rocas afiladas como cuchillos. Como es de esperar he acabado con decenas de pequeños y gratificantes cortes por el trabajo bien hecho, y en especial por el recuerdo bien vivido.


Después de un breve recorrido por mi segunda cueva favorita hicimos un breve descanso, cuatro horas y varios cafés desde el aterrizaje discutimos el próximo destino. Quise descubrir a Miró, pero algo dentro de mí, tal vez Escohotado, me hizo agarrar las llaves de Kika (una Vespa verde como mi cueva).


Serpenteando por las carreteras de servicio de Llucmajor llegamos al pueblo más secreto de mi Mallorca privada. Una joya entre montañas y verdes terrazas que se deja llamar Montüiri y cuya función es la de custodiar y juzgar a todo aquel que ose venerar la corona de Randa, el Monasterio de Cura.


La subida a Cura, además de ser una experiencia que me eleva al trance, es el tiempo adecuado para poder hablar de todo aquello que uno no se atreve a contar cara a cara. Por suerte con mi querida menorquina poco sentido tendría.



Una vez coronada la cima y después de mi particular recorrido, Blanca ya había conocido lo más íntimo de mi isla, la habitación donde viví, la capilla donde recé, el tejado donde pensé y el mirador donde fumé. Sentados y después de buscar a Rafa por toda la hospedería ya teníamos cafés suficientes para perder la noción, y ya iban seis horas.


La bajada con Kika fue aún más placentera que la subida, una tímida Cabrera nos saludaba a lo lejos mientras Blanca se reía con la brisa porque aún sabía lo que le esperaba. Una visita breve a una de esas iglesias cuyos alrededores dan para libro.


Poco más de siete horas desde el primer café y con el depósito de Kika vacío cambiamos nuestro medio de transporte para poder ir a Palma. Callejeamos y reímos por unas calles cada día más brillantes. Después de un frito y otros apuestos “llonguets” fuimos a parar a un rincón de esos que te tienen que descubrir para apreciar, fue mi forma de agradecerle la Mallorca que me había enseñado ella.



A estas alturas yo había compartido mis mayores secretos isleños, de los otros no tengo con la menorquina, pero como había dicho antes algo raro estaba sucediendo. Por primera vez estaba enseñando una Mallorca distinta a la mía, estaba enseñando una Mallorca nueva, una compartida, y con cada recoveco al que llegábamos disfrutaba más.


El resto de las horas se fueron en un fugaz e intenso tonteo con Valldemossa y sus calles. Incluso nos dio tiempo a recuperar varias de esas conversaciones que nunca se materializan. Casi doce horas y juraría llevar toda la vida con esa Mallorca, una isla compartida con Blanca, quien con cada lugar me enseñaba más. Añadía a mis visiones detalles que solo una mujer y una amiga pueden dar, “será por aquello que ya sabes” decía Blanca, aunque eso es otro tema.







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