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  • Carlos Pinedo Texidor

Crónica de un Cholismo anunciado.

Que todo lo que empieza tiene un final es algo inherente a la vida. Solo los estúpidos creen que algo en nuestra breve vida puede ser eterno, y ni siquiera el sentimiento más humilde y sincero suele perdurar. Es algo que tarde o temprano uno tiene que asumir, y es que creo que madurar en cierta medida es eso, hacer propio ese desapego por lo eterno, y en la medida de lo posible ser feliz con lo transitorio.


No sé muy bien cómo será el devenir de estas líneas, no termino de entender qué es lo que ahora mismo siento, y es que estas líneas se sustentan en la rabia más sincera y en el alivio más descorazonador, porque sé que cuando deje de sentir lo que ahora siento todo habrá acabado, y no termino de estar preparado para ello.


Siento rabia, de esa que quema y ahoga al mismo tiempo. Una rabia que me hace cuestionar todo cuanto daba por cierto, y es que en este duodécimo año de la era del Cholo, (12 d.C) por primera vez dudo. Y es una duda que poco tiene que ver con el proyecto, sino con el mensaje. Yo siempre he dicho que el Cholismo es una suerte de religión que se materiliza con la palabra y obra de Diego Pablo, y por primera vez desde que acepté su Fe, dudo y cuestiono tanto a la palabra como al profeta.


Si tuviera que resumir en una frase todo cuanto compone el núcleo ideológico del Cholismo, me atrevería a afirmar que no hay mayor expresión de ello que ese sutil pero potente a morir los míos mueren. Una frase tan simple como compleja, en la que afición y equipo se entrelazan aceptando que el uno sin el otro no es nada. Una simbiosis que baila (o bailaba) al ritmo de la órdenes de un argentino que tocaba el violín desde la banda, y que por primera vez en doce años creo que empieza a desafinar, o incluso ha cambiado de instrumento.


El Atleti siempre fue su gente, unos rebeldes y castizos indios que a orillas de un río bailaban y cantaban. Con la llegada del argentino vimos como ponía orden a esas ideas y afiladas melodías colchoneras. Logró afinar todo cuanto rodeaba a la idiosincrasia de una grada llena de historias y cultura, y de la noche a la mañana, toda nuestra identidad e historia se armonizaba en torno a una pieza de violín que era disfrutada hasta por los ciegos y sordos .


Todo cuanto rodeaba a esa forma de vivir que muchos consideran la única pasión a celebrar empezó a ser escuchada en cada esquina, e ilusos de nosotros pensamos que ese violín sonaría eternamente.


Sin embargo, como decía al principio, sólo los estúpidos creen que algo es eterno. Y desde hace unos meses cierto sector de la afición, entre los que me incluyo, hemos empezado a escuchar una balada muy distinta a ese violín que nos juraba amor eterno. Desde el Fondo Sur, hasta aquellos miles de voces aisladas en otros sectores que cada partido tienen que aguantar como hay socios que pitan al equipo, y que antes del ochenta abandonan su sitio.


Me atrevo a decir que en la mayoría de partidos los violines ya no se escuchan, y un entrenador que antes juraba lealtad eterna, parece que se deja seducir por una orquesta que ahora quiere tocar merengue. La grada no termina de entender dónde fueron los violines, y esa sensación del a morir los mios mueren, y todo cuanto queríamos y respetábamos deja paso a un amor no correspondido que poco a poco nos hace sentirnos engañados y despreciados.


No sé muy bien si debemos asumir que el Cholo ya no es aquel profeta, o tal vez que el Cholismo ya no sea la único a seguir desde la banda del Metropolitano. Lo único que sé, y por lo que pondría la mano en el fuego, es que por primera vez desde que llegó Diego Pablo, hay una falta de consistencia entre su obra y palabra. Y por primera vez, dudo abiertamente de que pueda seguir siendo ese profeta por el que tantas veces he querido morir.


El Atleti, más allá de los resultados deportivos, es una suerte de tradiciones y matices ajenos al espectáculo en el que se ha convertido el fútbol. Seguimos siendo unos indios más o menos organizados que han visto como todo con lo que se identifican ha sido pisoteado, y en esa humillación hemos sido capaces de sobrevivir con la obra y palabra de un argentino en el que me cuesta mucho seguir creyendo.


Creo que tenemos por delante una verdadera guerra civil que se materializará con una separación dolorosa a final de temporada. La obra y palabra de Diego Pablo cada día es más inconsistente, los violines ya no suenan y los creyentes que antes morían por los suyos empiezan a entonar unos cánticos de guerra que ensombrecen ese merengue que quieren imponernos.


No sé muy bien si estaré en lo cierto, pero tengo más o menos claro que mientras unos pocos románticos sigamos esperando que vuelvan los gloriosos violines habrá esperanza. Puede que tal vez por primera vez tengamos que asumir que toda balada llega a su fin, y que en esta crónica de un Cholismo anunciado tengamos que alzar la voz más que nunca, porque ese merengue que nos quieren imponer es un baile propio de bárbaros y vikingos.


Ojalá me equivoque, y esto no sea más que un pequeño sueño de un profeta que puede acabar destruyendo su obra y palabra.




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