Corazoncito analógico colchonero.

Voy a ser sincero, este texto se me ha hecho un poco bola. Pensaba escribirlo a la vuelta de Old Trafford, pero el cansancio y la vida adulta han hecho imposible que me sentara a disfrutar de una de las ideas de las que más orgulloso me siento.


Las líneas que ahora escribiré son fruto de muchas horas tratando de entender porqué no me acuerdo de los partidos del Atleti. Una especie de justificación a mi mala memoria selectiva y por supuesto, la excusa perfecta para compartir mis fotos favoritas de la ciudad más fea de Inglaterra.


Quien me conozca dirá que no tengo mala memoria, que me acuerdo de datos absurdos y que no soy de fiar por mis narraciones diarias en forma de recuerdo. Es cierto que tiendo a recordar mucho más de lo que me gustaría, y que en ese recordar detalles insignificantes me pierdo matices memorables.


Creo que por no saber diferenciar lo importante de lo insignificante disfruto tanto de la fotografía analógica. Por primera vez en mucho tiempo tengo que contenerme con cada carrete. Evitar fotografiar detalles que con el móvil se acumularían en el ruido de mi galería. Aún así hago algo de trampa, uso una cámara con truco. Una reliquia de Olimpus Pen EE-3 de hace más de treinta años y cuidada entre paños por mis padres. Una joya que me permite tirar el doble de fotos por carrete, y es que usa la mitad de película al tener un formato vertical, que por cierto es perfecto para el cada vez más popular mundo de historias de Instagram.


Volviendo al Atleti, a lo importante, que al fin y al cabo es lo que hace que escriba esto. Tengo un problema desde hace años, tal vez desde antes ser consciente de lo que era el fútbol, y tal vez por eso tardara tanto en entender muchas cosas que hoy doy por sabidas. Me cuesta mucho acordarme de los partidos, puedo hablar con claridad de lo que sentí aquel día contra el Athletic en una lluviosa tarde de noviembre. Pero soy incapaz de acertar quién metió el gol de la remontada, o quién dio el pase. Me acuerdo de todo, menos de lo concreto.


En ese olvidadizo vivir el fútbol he descubierto un amor por las gradas. Ver el fútbol desde la tele acaba suponiendo un esfuerzo al no asociar ese partido con una emoción concreta. Hice el esfuerzo allá por septiembre de anotar en un diario cada partido que veía, dejé de hacerlo en la novena jornada después de más de treinta partidos anotados. Y es que el fútbol en televisión me recuerda a mis fotos digitales, es algo tan accesible y cómodo que carece de emoción.


Algún día alguien me echará en cara repetir el mantra atlético por el que uno renuncia al fútbol por y para el Atleti, y es que conozco a muchos a los que como a mí “no les gusta el fútbol, les gusta el Atleti”. Y tienen razón, pero no por lo que ellos creen.


Nuestro querido himno centenario tiene una estrofa que debería aplicarse a todo en esta vida: “Para entender lo que pasa. Hay que haber llorado dentro. Del Calderón, que es mi casa”. Y Sabina, que de tonto tiene poco y de sabio mucho nos recuerda con su ronca declaración de amor, que sin vivir la grada, el Atleti no se entiende de la misma forma. Y no me malinterpretéis, aquí no quiero repartir carnés entre los que van al estadio y los que no, simplemente remarcar que hay algo que cambia dentro del niño que pisa la grada por primera vez, o al menos en mi caso así fue.


Ver el fútbol desde la tele nos convierte en espectadores, o si uno se empeña puede llegar a ser un aficionado, pero el hincha nace y muere en la grada. Y al menos en mi caso, cuanto más hincha menos sé de fútbol y más de la vida, con todos aquellos recuerdos emborrachados por las emociones y decepciones que te da el ir al estadio.


Creo que cada día que pasa mi corazoncito colchonero es algo más analógico, rehuye de lo que se puede copiar, busca en lo irrepetible los “motivos de un sentimiento que no se puede explicar”, y por eso me tranquiliza no acordarme de tanto dato futbolístico. Me consuela saber lo que sentí cuando acabó aquel partido de Tallín, porque ni si quiera con la portada enmarcada de mi habitación sabría decir quién metió los goles rojiblancos.


Todo esto lo digo con el cada vez más difuso recuerdo del partido de Old Trafford, a escasas horas del encuentro en el Etihad, volviendo a mis carretes revelados de una ciudad tan triste como su afición. Y recordando aquel pitido final, aquellos abrazos con mi hermano, Javi, Lucho y compañía, encuentro la tranquilidad necesaria para escribir estas líneas.


Y somos afortunados, porque el Atleti ha logrado arrebatarnos del absurdo dato que tanto gusta al aficionado. Nos ha regalado a través de la obra y gracia de Diego Pablo el mayor regalo que uno puede recibir, la emoción y decepción que nos recuerda que estamos vivos.


No sé muy bien que pasará mañana, tampoco sabré en varias semanas como fue el partido, porque cuando uno vuelve a la televisión, de nada sirve no hacer caso a su corazoncito analógico de colchonero.


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