Aquella noche de verano.

Actualizado: 7 ago 2021

No sé que tendrán las noches de verano para lograr que todo improperio y propuesta disoluta suene a una idea digna de la mejor mente. Toda idea cabe en las propuestas veraniegas, incluso si en el seno de la noche unos autoproclamados holandeses errantes deciden dejar puerto y marchar a la conquista del último resquicio de salvaje naturaleza mallorquina. La confusión se apodera de la escena, unos creen ir en busca de cobijo para rematar su ginebra mientras otros buscan de forma desesperada un punto de irresponsable aventura con la que llenar las páginas de su no tan joven historia.


A medida que uno crece se va dando cuenta de todos aquellos “y si aquella noche”. Ese problema se ve acompañado por la mayor de las crueldades. El brebaje que te garantiza una de “aquellas noches de verano” te obliga a olvidar de forma amarga todo atisbo de conciencia, es el precio más caro a pagar. La inmortalidad de una simple noche a cambio de los más certeros y preciosos recuerdos. Un trueque donde según avanzas empiezas a comprender que siempre saliste perdiendo. Una burda estafa de las pasiones dionisíacas que buscan acrecentar su espiritualidad más salvaje y pura.


Hace escasas horas aún estaba en el auge de aquella noche de verano, descalzo y con una camisa de amebas atisbando los rayos de un sol que se avergüenza de la costa norte del poniente mallorquín . Le niega la mayor de las bellezas, los primeros rayos del día, a menudo olvidados por los masificados rayos de la noche. Amanecer es una celebración, nuestro astro sigue ahí un día más, he ahí la verdadera belleza.


Anoche, por decir algo, con mi anfitrión casi en la cama, la terraza recogida y dispuesto a llegar a casa no más tarde de las cuatro una recién incorporación a mis recuerdos sin contexto murmuró con más o menos acierto las palabras más sinceras que he escuchado desde aquella noche de verano en Grecia, “es una noche de verano”. Como si de una justificación universal se tratará esas simples palabras me produjeron un inmenso regocijo, Blanca tenía razón, más de lo que era consciente.


Dos silbidos y tres cariñosos insultos me bastaron para subir a Jorge al coche, nos íbamos en busca de los holandeses errantes que habían decidido refugiarse en la cala más recóndita y escondida de Deià. Un lugar tan mágico y secreto que dudo saber volver. Ese es el precio de la sobriedad, el eterno recuerdo de los detalles más bellos, la constante compañía de saber que ese momento no volverá.


El ruido de la inmensidad azul inundó los árboles sobre los que los holandeses habían colocado sus hamacas que se mecían al compás del mar rompiendo en las afiladas rocas. La oscuridad se había adueñado de todo, incluso de los cigarros que se erigían como estrellas en un bosque que juraría que flotaba sobre el agua.



La noche, o el remanente de ella se alejaba al ritmo de nuestra búsqueda de calma y tranquilidad, todos nos perdimos en aquel resquicio de humanidad salvaje, algunos incluso tuvieron que ser encontrados, pero el resto, con mejor o peor criterio supimos volver. El azul de la costa comenzaba a jugar con los primeros rayos de luz dejando entrever un panorama más bello de lo que podríamos haber imaginado. Con cariño, respeto y pena las dos hermanas, Jorge y yo abandonamos a los holandeses antes de que despertaran. Nos abrieron las puertas de su naturaleza y nosotros les pagamos con tequila y carne.


Volviendo a la civilización, una de las hermanas dormía plácidamente junto a Jorge mientras que yo intentaba ser lo más diligente posible en mi conducción por la sierra de Tramuntana. Poco más de una hora después, con todos al borde de la más placentera de las siestas llegamos al oasis. Mientras Victoria me alimentaba a base de café y agua perdimos la vista a Jorge y Blanca, habían elegido ser fugitivos en su propia casa, hasta que no lo fueron. Eligieron el agua de la piscina como forma de despertar de aquella noche de verano, un sueño casi real del que me acordaré siempre. Un baño purificador, de los dejan atrás las cargas más gravosas y te liberan de los peores recuerdos.


Una noche de verano, de aquellas que atisbó Blanca, una noche de verano algo más allá de un mera noche, algo más allá del verano, una unión mágica de sueños y circunstancias que en este caso nos hizo libres.



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