Aquel último viernes de verano.

Yo ya he dicho muchas veces que verano tiene un romance con lo aleatorio e improvisado. Septiembre intenta mantener el ritmo ajetreado, pero con cada semana, con cada domingo que pasa, ralentiza su ritmo hasta que en octubre te das cuenta que ya no queda nada de aquel verano ágil y rápido.


Me divierte y me produce un especial cariño esos fin de semana de inicios de septiembre donde todo el mundo reniega del otoño. Confluyen cientos de situaciones dispares entre los que aún no trabajan, los que no se ubican en la universidad y aquellos despistaos que siguen sin aceptar que ya son adultos. Todas y cada una de esas personas busca en las noches del noveno mes un fugaz destello de lo que agosto fue, y hay días como ayer donde yo lo encontré.


A mi día le faltan horas para explicar todo lo que me ocurrió ayer. Después de una breve cabezada por haber llegado el jueves más de mañana que de noche visité a un tal Elvis, barbero de profesión que me aseguraba cortar el pelo a Maluma en sus visitas madrileñas. Nada más entrar, se rió de mi corte casero y solo pude decirle, “hazme lo que quieras, me fio de ti”.


Horas más tarde, y después de una copiosa y fructífera comida con Alfonso, me renegaron la posibilidad de siesta por tener que hacer un par de encargos. Cuando por fin pensé poder descansar una llamada de Blanca me hizo acabar en la Calle Alcántara 31. Ahí hay montado un oasis en medio de las calles de bares y tintorerías, un lugar de colores claros capitaneado por unas mujeres bastante decididas y capaces. Después de dar una vuelta por la obra de Ancona y aprender la razón del nombre de la galería, Intersticio, pudimos imaginarnos brevemente con Lorena en la selva mejicana con alguna que otra anécdota de la recién llegada Cas.




Como todo lo bueno en esta vida, ese café fue breve e intenso, dejé a Casilda con Blanca, María y Evelio para irme a defender mi posición en un equipo de fútbol de esos que hacen callo. Hasta ahí mi viernes podría haber sido uno más de mi lista de posibles grandes días, hasta que se me ocurrió incitado por Blanca, volver a donde les dejé, con mis pintas de futbolista, unos gemelos destrozados y ganas de irme a ver el Celta contra el Cadiz en diferido.


Entre una cosa y otra, viandantes y conocidos que ahí andaban acabé a eso de las doce con cinco mujeres en busca de un bar. Me ausenté de la forma más elegante que se me ocurría, “oye Viki, yo me voy a duchar y si eso ahora os llamo”. Una “powernap” y un café después estaba subiendo Diego de León en moto para encontrarme con mis “sidewomen” de la noche. Entre escaleras, copas y cigarros me recibieron como si fuera ese amigo que reaparece a las dos horas de ese chupito que le dejó en el suelo. “No pensaba que fuese a venir” me dijo Viki, a lo que me salió añadir, “ni yo darlin, ni yo”.



Este es el último fin de semana con restricciones, o eso nos quieren hacer creer, por eso creo que ayer todo joven se propuso salir y retomar aquello que tanto echamos en falta, la libertad nocturna y sus libertinas e irresponsables decisiones. Callejeamos por Diego de León y Claudio Coello en busca de algún resquicio del Madrid prepandemia, pero ya era la una, y no ponían copas.


Ahí seguía yo, con cinco mujeres tras la incorporación de Von, quien aún no entendía eso de la mascarilla madrileña. Aupados por Pati y Giorgina acabamos en Santa Bárbara con el primer fichaje de la noche. Apareció Chocan como lo hacía Godín al centro de Filipe o Juanfran. Se unió a nosotros y fuimos deambulando por un camino lleno de conocidos y viejas glorias. Acabamos en Café de París, con un holandés errante de la mano. Igarts nos localizó rápidamente un bar para que las cinco pudieran disfrutar de una copa más que esperada. Chocan y yo nos camuflamos entre los de la puerta del Café de París con la esperanza de no ser atropellado por los coches que soñaban atravesar la calle de Santa Teresa.


“Long story short” como dicen los anglos logramos concretar un after. Eran las cuatro y parecían las ocho. Es lo que tiene la falta de costumbre, casi dos años sin libertad nocturna deja a uno sin sentido del tiempo. Después de una breve recena y una compra de cervezas Blanca me guió hasta la casa de mi descubrimiento de la noche, una amiga suya que resulta tener un blog.


La noche de ayer, o mejor dicho, la madrugada de hoy tienen ese resquicio de verano que tanto gusta a los que nos gusta improvisar. Cientos de posibles e improbables que juegan a encajarse para proponerte una noche inolvidable.






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