Agosto está lleno de imposibles.

Anoche fue una de esas noches de agosto en las que según avanzan las horas vas apreciando esos detalles mágicos que tienen todas las noches de verano en las que lo imposible dirige el ambiente. Volvieron a aparecer los holandeses más enérgicos que nunca trayendo consigo una serie de polizones de nuestras antípodas que me obsequiaron con frío Champagne al confundirme con el anfitrión por mi cálido “pero qué hacéis aquí chavales”.


Con un inglés más oxidado que melódico los allí presentes fuimos entonando los primeros versos de una noche que iba para tenue melodía y quiso ser balada. Alternando el baile más ceremonioso con los cánticos más desgarradores de Triana, los holandeses fueron sucumbiendo al encanto de un oasis en medio de Santa María que jugaba con la luz en la más oscura madrugada.


La anfitriona tan cabal y lúcida como siempre dio una clase de lo que significa ofrecer cobijo a unos nómadas y sus nuevas adiciones. A lo largo de toda la noche fue dejando un camino de migas de pan para que todos los allí presentes tonteásemos con nuestro al rededor sin perturbar la tranquilidad de un patio que poco a poco se convertía en el estadio más soñado por Calamaro.



Los primeros bailes más respetuosos fueron dejando paso a la complicidad más española, las australianas, acostumbradas a otro tipo de rituales sucumbieron al encanto de la moral más mediterránea, todas y cada una de ellas se debían imaginar siendo estandartes de mini repúblicas baleáricas, o al menos esa es la sensación que el mero observador podría deducir al ver como su brillo crecía con cada paso doble del holandés más avivado.


Fueron jugando las horas con las anécdotas y las bebidas, incluso jugamos un golf imaginario con un brasileño como caddie quien podría haber jurado llevar toda la vida con el wedge después de entender que el deporte en sí no vale nada, y es más el ritual casi pagánico que rodea el dichoso juego de imposibles. Tal vez por eso en nuestra conversación el hermano de la anfitriona y yo nos pensásemos en campos mallorquines, porque conocemos la realidad del juego y sabemos que uno corre el riesgo de vivir eternamente con ese swing olvidado.


Las noches de agosto, a diferencia de las de julio se asemejan mucho más a la vida que debió imaginar el que aquí escribe hace varios meses. Las noches del séptimo mes del año son parecidas a las miradas que imaginaba Gil de Biedma en su famoso “Peeping Tom”. Recuerdos que destacan por ser casi correspondidos, miradas inocentes y atónitas entre los allí presentes que se observan con cautela en la distancia soñándose en los juegos de unas semanas cada vez más cortas. Luego llega agosto, y uno se da cuenta que la vida no va enserio, cargado de valentía y respeto por uno mismo cada uno se imagina rey del mundo y juega con la confianza de unos imposibles que no llegan. Es la falta de seriedad que nos deja julio, días en los que todo sale bien que hacen que agosto sea ese mes más obsceno que idílico y se sitúe cara a cara con los sueños para espetar un “agárrate que vienen curvas”.


Tal vez la noche de ayer sea de las veladas más “agostianas” que he vivido. Varios decidimos conjurarnos al rededor de una tabla y tres limones mientras les ofrecía mi más secreta pócima. Las botellas de Tunel tontearon con acabarse mientras los conjurados hablábamos en el silencio más profano de imposibles y deseos. Pocas palabras bastaron para que cada uno entendiese esa fugaz idea que nunca se concretará, los limones casi sin jugo nos dieron un recital de lo poco que puede hacerse con ganas y buena compañía. Una vez en el patio uno empieza a comprender que el mes más idílico deja paso a la más cruel de las verdades.


Me imagino a “Guerrita” lidiando en su descanso con el toro más bravo mientras observa con paciencia a unos jóvenes muy conscientes de aquel “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” mientras le piden el uno al otro, al menos entre cómplices miradas, el amor más fugaz y veraniego. Esa es la magia de las noches de agosto, imposibles que se saben entre todos y aún así se tontea con ellos, se despoja todo ápice de raciocinio y todos los allí presentes sueñan con una realidad que de concretarse les haría despertar en el más placentero de los sueños.


Agosto es ese mes con el que juras ser eterno, aquellas semanas en las que vives el amor y desamor más pasajero y doloroso. Y aún con todo ello, año tras año uno vuelve a imaginarse en un patio como el de ayer, con sus improbables más imposibles suspirando “este año será distinto”. Si ya lo decía “Guerrita” al borde de su retirada, “Pues haber nasío antes, Majestá”, a lo que me atrevo a añadir, “Pues haberme conocío en julio”




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