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  • Carlos Pinedo Texidor

479 - Vinilos y resquicios del pasado.

Creo que hay pocas aficiones más absurdas que coleccionar vinilos. Solo se me ocurre justificación a través del miedo a un posible apagón tecnológico, porque más allá de eso, los vinilos son un capricho, uno muy absurdo y caro.


Pero como todo en esta vida, hay cierto placer en hacer algo carente de sentido práctico y que solo sirve para apaciguar el fuego de las pasiones nobles. O como en mi caso, aceptar la estupidez cuando uno descubre un gran grupo que ha quedado olvidado a un vinilo en una tienda sin ventanas. ¿Cómo es posible que nunca haya oído hablar de ellos? Y es en ese momento cuando la tentación y curiosidad por el vinilo olvidado me abraza, y decido llevármelo a casa.


No sé muy bien en qué momento comencé a comprar vinilos, tal vez en aquel año dos mil diecisiete. Desde entonces mi gusto se ha refinado. He aprendido a disfrutar de pequeños grupos y cantantes que como Will Varley, pierden dinero con los vinilos. Incluso llegué a leer que Alt-J no saca mucho de sus ediciones. Y yo, joven que sueño con una biblioteca frente al mar, me imagino acaparando vinilos y no tener que recurrir a la tecnología para disfrutar de la paz que me trae la música.


Los vinilos son un resquicio del pasado, y en una ciudad como Tallin, donde lo soviético se mezcla con las decenas de nacionalidades que hacen de la capital tecnológica su refugio, los vinilos viven un renacer. Y es que hay una pequeña gran tienda en la ciudad antigua. He acabado haciéndome colega del dueño, y me permite, comprar vinilos baratos y si me canso de ellos, vendérselos otra vez. Hoy me he comprado seis vinilos soviéticos, y dos de ellos son pequeñas joyas que espero disfrutar en esa biblioteca costera con la que sueño.


Domingo 4 de diciembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #479





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