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  • Carlos Pinedo Texidor

468 - Un sueño que se acaba.

En todo momento he sido consciente del riesgo que suponía marchar a más de tres mil kilómetros de casa, más aún, para trabajar en una compañía tecnológica de criptomonedas. Tal vez mi ponderación del riesgo sea similar a la de esos chimpancés que siguen pulsando el botón que les da una descarga eléctrica a cambio de comida. Incluso si se aumenta el voltaje sigo pulsando el botón rojo, solo me importa recibir mi ración de plátanos, y cuantos más recibo, más veces pulso.


Más allá de analogías y consideraciones sobre algunas de mis muchas absurdas decisiones, siempre pensé que mis riesgos eran asumibles. Tengo el lujo de saber que siempre voy a tener un techo bajo el que dormir, y a tres mil kilómetros, la posible ayuda de mis padres en caso de fracaso, me ha ayudado a no echar la vista atrás y seguir pulsando el botón. Lamentablemente, y en uno de los días más desgarradores desde aquella maldita lesión, me toca decir adiós a Estonia. Al menos sobre el papel, porque me he jurado a mí mismo hacer todo lo posible por aguantar en un país que me ha abierto las puertas de la misma forma que lo hizo con el Atleti en aquella Supercopa de Europa del año dieciocho.


Ayer supe que me queda un mes de contrato, el mercado invernal de criptos está en mínimos, y mi salario está por encima de lo que mi actual curro se puede permitir. Me toca decir adiós (junto casi una veintena de personas) a una de las etapas más bonitas y apasionantes de mi corta vida laboral. Me duele en el alma despedirme de mi equipo, de mis colegas de pimpón e incluso de los zumbados que me aguantan en Discord y Telegram.


Siento un vacío enorme, un trabajo que hasta hace no mucho estaba convencido que se trataba de un sueño, y como todo sueño, me toca despertar. Asumí muchos riesgos, tal vez más de los que me merezco, pero después de pulsar cientos de veces el botón rojo, ya no hay plátanos.


Tengo veinticuatro, y casi ninguna responsabilidad, me puedo permitir pagar el alquiler hasta marzo y sé que en algún momento volverán a caer los plátanos, por mucho que sufra electrocutándome sin recompensa.


Miércoles 23 de noviembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #468



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