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  • Carlos Pinedo Texidor

405 -  Una mesa y frío otoñal.

No sé muy bien cuántas veces habré escrito en estos recuerdos la importancia de sentarse en una mesa con amigos. Puede que esté empezando a llenar estas páginas de odas a la vida mediterránea, y como le digo a menudo a mi jefe, creo que cuanta más me aleje físicamente del Mediterráneo, más mediterránea moral soy.


Más allá de reflexiones mediterráneas y la nostalgia de una moralidad que se aleja de cualquier ridícula ideología, creo que la idea de la comunión en torno a mesa es el último reducto a una vida social que muchas veces vive del mensaje superfluo. Con eso en mente, y a raíz de autoproclamarme evangelizador del mediterráneo moral, he empezado a dar de cenar a mis amigos en mi pequeño refugio báltico.


El jueves cité a mi amigo turco, mi amiga estonia y mi amigo italiano. Éste último no pudo unirse, pero eso no evitó que los tres restantes cocináramos algo relativamente decente y nos riéramos de lo que parece ser el inicio del invierno. En la oscuridad de la noche estonia cenamos y reímos, y a eso de las once, después de varias partidas de Mario Kart y alguna de bolos en Switch Sports, quedamos en organizar otra cena.


Una vez recogí mi cocina y el salón, y después de tumbarme con música de Kakkmaddafakka de fondo, hablé rápidamente con mi amiga Rila. Un par de mensajes que no hicieron más que reafirmar la idea que tanto me preocupa, la falta de acceso a la vivienda madrileña mata esas reuniones mediterráneas en torno a una mesa.


El joven no tiene la independencia necesaria para vivir su amistad colectiva más allá del bar y la discoteca, y con unos sueldos cada vez más precarios, me da miedo pensar que la cultura de mesa y vino quedará relegada a un segundo plano. Espero que ese día no llegue, pero por si acaso yo seguiré organizando cenas esté donde esté.


Jueves 22 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #405



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