403 - Algo más tarde de las doce.

En Tallin las horas juegan a su propio juego. Cada día anochece antes, y lo que para mí antes suponía no sentir que se hacía tarde, ahora ha desaparecido. No sé muy bien cómo me afecta el tipo de luz que hay aquí en el paralelo cincuenta y nueve, pero a escasas semanas del invierno, empiezo a teorizar.


Creo que el cuerpo se acostumbra muy rápido a estos cambios bruscos. Y después de asumir que el día laboral acaba no mas tarde de las seis, es más fácil entender lo normal que es que a eso de las siete la melatonina comienza su particular juego. Jamás había sentido en Madrid ese cosquilleo interno que me hace entender que se ha hecho tarde, y es que en mi querida ciudad castiza nunca es tarde.


Más allá de pequeños detalles de vivir tan al norte, creo que voy a llevar muy bien este tipo de vida. Ayer entre cervezas y conversaciones con colegas del curro sentí que se había hecho tarde. Comprobé la hora en el reloj que robé a mi madre, y éste marcaba las nueve.


Una parte de mi castizo ser trataba de entender qué ha cambiado dentro de mí, y después de varias discusiones de las que me llevaré a la tumba, entendí que lo excepcional es lo madrileño, y que debo aspirar a este horario vital marcado por el sol


Entre una cosa y otra acabé llegando a casa algo más tarde de las doce. Después de haber compartido mesa y cerveza irlandesa con mis colegas de curro durante algo menos de siete horas. Me metí en la cama a eso de la una, y con la melatonina por las nubes y el recuerdo de las jornadas laborales madrileñas, me acordé de todas esas veces que asumí que mi vida entre semana curro y poco más


Martes 20 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #403



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