399 - Reflexiones de un viernes invernal.

En Tallin empieza a hacer frío, el suficiente como para tener que llevar alguna capa de más. Los estonios llaman a esto otoño, pero el mediterráneo que escribe esto duda abiertamente de su concepción de las estaciones.


Me resulta muy curioso comparar la entrada del otoño madrileño con este repentino cambio de tiempo báltico. En Madrid septiembre y octubre son meses en los que sales a tomar algo en camiseta pero con un jersey en la moto por si acaso. Podríamos decir que hasta que no llega noviembre no se nota la llega del otoño, y en cambio aquí, en la noche del treinta y uno de agosto anocheció más pronto que nunca y la temperatura bajó casi diez grados.


Los estonios siguen insistiéndome que esto es otoño, pero después de un viernes en el que el mercurio marcaba seis grados, seguido de un breve diluvio universal y un día tan oscuro como una madrugada de un diciembre madrileño, yo sigo pensando que esto es invierno.


Pero más allá del frío y el vendaval diario, tengo suerte, e ir a trabajar es un placer. Tengo el lujo de tener una oficina en la que disfruto de mi trabajo. Está cerca de mi pequeño refugio, y además de tener un suelo calentito que te invita a andar descalzo (sí, sí, se lleva mucho eso de zapatos en la entrada), tengo café ilimitado, varias neveras con todo tipo de aperitivos, y una mesa de ping-pong en la cada día gano a más gente.


No sé muy bien cómo serán los días de los meses de noviembre a marzo, pero lo que si sé, es que en un primer viernes que advierte de lo que puede ser, acabé jugando a mi querido Zelda con una mantita y sabiendo que tanto mi casa, mi curro, y mi oficina, van a hacerme la vida más sencilla.


Viernes 16 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #399



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