398 - Otro selfie en el ascensor.

Resulta cuanto menos curioso, o al menos a mí me lo parece, lo mucho que puede cambiar la percepción de uno mismo en cierto tiempo. Hace no más de tres años no terminaba de entender el porqué no salía bien en las fotos y e incluso después de cuentos de ángulos y poses siempre estaba insatisfecho.


Ahora, varios años más tarde, y con bastante más amor propio que aquel pipiolo de segundo o tercero de carrera, no termino de saber qué es lo que hace que me guste tanto a mí mismo. Puede que a la vez que he ido madurando, he ido aumentando mi ego, y veo en mí más de lo que ve el resto. O puede que ahora vea en mí aquellos que que el resto siempre vio, pero ese es otro tema


Reflexiones físicas aparte, he cogido cariño al ascensor de mi casa. Vivo en un primero, aunque es más bien una especie de primero y tres cuartos teniendo en cuenta los techos que tenemos. Y como el ávido lector ya sabrá, subir y bajar escaleras no es tarea sencilla ahora mismo. Pues bien, ese trayecto de un piso en ascensor me sirve para prolongar en el tiempo mi amor por los selfies, y por supuesto, grabar para siempre esa pícara sonrisa de un granuja que vuelve a andar.


Hoy he salido de casa con muletas, y en el breve recorrido de la puerta de mi apartamento, a la puerta del rellano (sí, en Estonia se lleva eso de las dos puertas) me ha dado tanta pereza la gestión de andar con ellas, que las he vuelto a meter en casa.


Después de un mañanero a diez grados sin muletas y un café caliente en la oficina, me he dado cuenta que quince días después de mi operación, de lo único que me aqueja, es una cicatriz tontorrona y un pie más tenso y tieso que aquellas sonrisas del pipiolo de segundo de carrera.


Jueves 15 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #398



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