392 - Unas alitas de pollo.

No sé que me pasa últimamente con mi escritura diaria, se me atraganta el recuerdo diario, y esa espontaneidad que tanto valoraba cada día vale menos. Son las seis de la tarde del domingo, y sentado en la mesa de mi pequeño refugio báltico intento entender por qué el viernes no tuve ganas de escribir, o por qué ayer no aproveché el buen día que hizo para bajar a por un café y escribir en paz.


Puede que la razón por la que el viernes no escribiera tenga que ver que con esas alitas picantes que mi jefe se empeñó en comprarme. Citados en su casa después del curro nos adentramos en la infinidad y retórica de una partida de Catán, no sin antes intentar comer esas dichosas alitas que me han hecho pasar dos noches horribles.


Soy un grandísimo admirador del picante y creo que en estos últimos años he desarrollado cierta tolerancia, pero aquello que consumí el viernes se aleja de todo lo que he probado. Una alita es suficiente para que los ojos lloren, los pulmones ardan, y el estómago intente huir de tu cuerpo. No sé que tipo de picante llevan esas alitas, pero después de tomar dos, mi cabeza pasó a vivir en un universo muy lelos de este. Una especie de trance, pero con la boca ardiendo y jugando al Catán.


Ahora con un poco de perspectiva me atrevo a decir que con algo de práctica podría tolerarlas con algo más de dignidad y que ese escozor generalizado que me acompañó durante diez horas pueda ser minimizado. Pero una vez más, de poco sirve hablar de esos improbables, que al fin y al cabo lo que tiene valor en este volumen de recuerdos es dejar por constancia de que en Viru Keskus venden las alitas más picantes de Tallin y probablemente de Europa.


Viernes 9 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #392



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