387 - Un domingo para dormir.

Son las diez de la noche, tumbado en mi recoveco báltico pienso en mi odisea de día, y me imagino en el Uber al que me he tenido que subir hace no más de quince horas. Y es que después de algo más de trece horas de viaje, solo quiero cerrar los ojos y olvidarme de la semana que tengo por delante.


Hoy debería ser un día para dormir y no despertar, y digo debería, porque por mucho que quiera los ojos no ceden, y escribir parece ser la única alternativa para calma a una cabeza que no para de pensar en un café pendiente y en una operación que le ha devuelto la vida.


La verdad es que por mucho que haya viajado ayudado por amigables guías que empujaban la silla de ruedas, he decir que podría haberlo hecho en solitario. Creo que siguiendo esos principios de las tres ces (cabeza, corazón y cojones) por los que acabé aquel medio IronMan de Mallorca hubiera sido capaz de atravesar Barajas, Frankfurt y Tallin.


Ya sé que hace menos de una semana que he pasado por chapa y pintura, pero creo que esta recuperación será digna de estudio, porque en menos de cuatro días el cuerpo me pide apoyar. Y no quiero pecar de soberbia, pero me atrevo a decir que de mi padre he sacado ciertos matices de su peculiar inmortalidad que le ha hecho llamar a las puertas de San Pedro una decena de veces. Y al igual que él, reduzco los tiempos de recuperación, y un recuperación que iba para cuatro semana, poco a poco se acerca a las dos.


Hoy era un domingo para dormir y no pensar, y aquí estoy, acordándome de un café pendiente, de una recuperación que roza la epopeya, y de un cuerpo tan cansado que no siente los kilos de más.


Domingo 4 de septiembre de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #387



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