379 - Ojos de visita.

Es domingo, me he levantado hace un par de horas en la habitación madrileña que tengo en casa de mis padres. Con un café por terminar pretendo escribir este recuerdo antes de mi aperitivo con Pati en unos veinte minutos, y entre prisas y cansancio me acuerdo del día de ayer.


Mi sábado fue más bien una continuación del viernes, a eso de las tres o cuatro ya estaba en el aeropuerto. Estoy cogiendo cariño a las escalas, y es que para salir de Tallin no hay vez que no pare en algún aeropuerto alemán, y ayer fue Frankfurt.


Dejando de lado la paliza que supone viajar durante algo más de ocho horas, mi llegada a Madrid de caracterizó por algo que me dijo mi amiga Blanca have no mucho, “me da envidia la gente que cuando está en Madrid sabe que está de visita”.


Según aterricé sentí que no era la misma ilusión que sentía al volver de viaje. En mi camino a casa la M-30 tenía otro color, y ese pequeño destello del Metropolitano no era igual que otras tantas veces. Está vez no sé cuándo volveré a mi querida grada rojiblanca, y eso me entristece.


Una vez en casa, con la mochila deshecha y algún que otro café de la cafetera súper automática de mi hermano quedé con Giorgio a ponernos un poco al día. Decidimos ir al Espejo, y entre ráfagas de aire caliente y algún que otro zumo de tomate nos reímos porque incluso a tres mil kilómetros el uno del otro, prácticamente todo sigue igual.


No sé muy bien que pensar, tengo por delante una semana en territorio castizo, y ese saber que estoy de visita me ilusiona y a la vez me hace sentir que por el momento Madrid no es mi casa, y que a lo lejos, mi vida báltica me reclama.


Sábado 27 de agosto de 2022

Madrid, España

Recuerdo #379




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