378 - El fin del verano.

No sé cuántas veces habré oído a algún estonio advertirme de la llegada del invierno. Parece que vivo en un capítulo de Juego de Tronos, y con cada día que pasa, el miedo a la noche eterna crece a mi alrededor.


Ayer fue el último viernes de agosto, y algunos estonios debaten sobre si ya ha llegado el invierno o si por el contrario acabamos de entrar en otoño. En mis escasos tres meses en tierras bálticas me atrevo a decir que aquí hay dos estaciones, agradable primavera e invierno polar. Y con la llegada de septiembre se acaba la agradable temporada de flores.


Escribo estas líneas a las once de la mañana hora estonia, hace ocho horas que fui al aeropuerto de Tallin, y desde hace treinta minutos estoy en el avión que me lleva de Frankfurt a Madrid.


Con total sinceridad me atrevo a decir que estoy muy orgulloso de mí. Ayer decidí no beber, el riesgo perder el avión era demasiado alto, y aún llegando a casa sobrio y a las dos y media, casi me quedo dormido. Puede que tenga algo que ver la comida con aquella estonia americanizada del jueves, o tal vez una fiesta de un verano que se acaba.


Y es que ayer, último viernes de verano celebramos mucho. Tenemos una terraza que roza lo obscene y es hasta de mala educación no montar fiestas como las de ayer más a menudo.


Entre bailes y anécdotas acabé como de costumbre rodeado por varios estonios que relacionan mi condición de mediterráneo como una especie de enviado del Dios Baco. Y una vez más a la una de la mañana, el que escribe esto acabo aupado por unos bálticos que cada día tengo más adoctrinados en el mediterráneo moral.


Viernes 26 de agosto de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #378




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