375 - Un día de mierda.

Son las once y media de la noche del miércoles, y desde ayer sigo con el corazón encogido por lo que creo que fue un amago de ataque de ansiedad. Y esto lo digo sin haber consultado mi pulsera para comparar mi ritmo cardiaco, nivel de estrés y respiración, porque esta vez, tampoco me importa tanto.


No sé muy bien por qué se producen los súbitos niveles de estrés. Tenía entendido que suele ser algo anómalo tener episodios tan aislados, y más aún si tengo en cuenta que mi vida en Estonia es tranquila y maravillosa.


Se me ocurren varios detonantes, pero creo que más allá de mi incapacidad para decir que no y seguir asumiendo proyectos en este cuatrimestre, creo que lo de ayer es fruto de la impotencia. Y es que mi proyecto más importante depende de elementos y matices ajenos a mi control, y ese chocar contra el maremoto burocrático me hace sentir que estoy fallando en mi trabajo.


Yo ya he dicho en alguna de estas páginas, o mejor dicho, en el primer volumen de recuerdos, que me considero un workaholic. Disfruto trabajando, se me da más o menos bien, y cuando no logro cumplir, me recorre un escalofrío que me hace pensar que nada vale la pena.


Es paradójico que un elemento tan aislado pueda hacerme llegar a casa con el pecho encogido, un calor generalizado, y una falta de aliento que emborrona todo. Tal vez el trabajo sea en mi vida algo similar lo que me pasa con el Atleti, o con aquellos pequeños pasiones de mi vida que vivo con la visión más cholista del mundo.


Ayer fue un día de mierda, y esta vez no fue un error mío. Ojalá logré aprender esa a gestionar pequeña impotencia que me ahoga muy de vez en cuando.


Martes 23 de agosto de 2022

Tallin, Estonia

Recuerdo #375




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