356 - Impotencia y un atardecer.

Es curioso como llevo una semana algo espeso con los recuerdos. Más aún teniendo en cuenta que me encuentro en la isla que vio nacer hace un año esta maravillosa forma de recordar todo aquello que merece ser recordado.


Ahora estoy sentado al final del Paseo del Borne, esperando unos huevos Benedict en una de las terrazas que más cariño tengo, la de Capuccino. He pasado decenas de horas en estas mesas de mármol, escribiendo, mal dibujando o desayunando con mi madre. Y hoy, sábado, no he creído que hubiera mejor opción para sentarme a escribir mis recuerdos del jueves y del viernes.


El jueves fue un día caótico, de esos en los que todo lo que puede salir mal acaba saliendo mal. Y en un ambiente tan dinámico y ágil como una start up me atrevo a decir que he cerrado la semana con mi primera cagada seria. Tal vez no tenga que darle más vueltas, ya que es culpa de nuestra querida administración pública, pero aún así, el jueves cerré el ordenador con impotencia y un enfado digno de recordar.


Sin embargo no todo fue endurecedor, como cada víspera de cinco de agosto fuimos a cenar a Cap Rocat. Un resquicio militar en la mejor bahía de la isla, y entre murallas de marés y el atardecer, celebramos el que parece ser el día más importante de mi casa, el día cinco de agosto, día de la Virgen Blanca.


Mi vida báltica no me permite disfrutar de vacas rubias gallegas, o de lenguados a la sal, y es que más allá de los Pirineos no terminan de entender lo esencial que es tener carne y pescado a mano. Y no hablo de precios, sino de oferta.


Con todo lo malo de las complicaciones de la vida laboral, uno puede poner todo en perspectiva y disfrutar de matices tal especiales como una puesta de sol en un lugar mágico, e incluso puede permitirse el lujo de dejar atrás los errores laborales con un pisco sour y un muy buen café.


Jueves 4 de agosto de 2022

Mallorca

Recuerdos con contexto 356




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