346 - Texturas.

Hay días en los que el recuerdo se escribe prácticamente solo. Ayer lunes fue uno de esos, donde en mis habituales paseos ya sabía lo que iba a escribir y hasta intuía que palabras iba a usar. Aun así, escribo esto en la mañana del martes. Sentado delante del MacBook del curro que lleva unos diez minutos actualizándose.


No sé muy bien por qué no escribí ayer el recuerdo, sabía (y sé) de lo que quería hablar. El camino a casa desde el gimnasio me había susurrado el recuerdo, y una tarde llena de tareas, lectura, y cansancio acumulado no terminó de ayudarme a escribir.


Si hubiera escrito este recuerdo ayer hablaría de las texturas de la zona de mi casa. El choque entre lo actual y lo soviético está por todos lados, y ni si quiera un mercado en ebullición logra distraer a uno de las diferencias entre lo que fue y lo que será.


Cuando atravieso el mercado suelo fijarme en el cartel de la entrada. Un prisma que sueña con ser cubo e invita a todo el que por ahí pasa a entrar y perderse entre los puestos de fruta de temporada. Es curioso pensar como un sitio así de paradisíaco mantiene unos precios excesivamente bajos, incluso con todos los foráneos que empezamos a ocupar las calles que años antes estaban reservadas a las familias más soviéticas.


Entre tanto cambio, edificios nuevos y parcelas

en construcción, es fácil menospreciar los interminables bloques de hormigón y gotelé. Uno puede juzgar la textura del pasado con la mentalidad del presente, y en ese juicio injusto, reniega de la utilidad y sentido de lo que ahí hay construido.


El ordenador sigue actualizándose, y no puedo evitar pensar en mi día de ayer. Una de esas jornadas laborales que invitan a juzgar el pasado con la textura del presente. Menos mal que vivo en un barrio lleno de matices de otra época que me ayuda a recordar que hay que ver el pasado con los ojos del momento.


Lunes 25 de julio de 2022

Tallin

Recuerdos con contexto 346




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