336 - La comida de resaca.

Las resacas son odiosas, y desde que volví a dejarme seducir por el alcohol llevo cuatro que son dignas de contar a mis hijos. La de ayer fue especialmente dura, de esas que hacen a uno sentir que el suelo se mueve y el cielo se cae.


Me levanté pronto y lleno de picaduras de mosquito, el Carlos de la noche anterior decidió dormir en el sofá, subir las escaleras de la cabaña era demasiado trabajo, y además se dejó la ventana abierta.


Entre el picor y el dolor de cabeza tardé dos horas en arreglarme y hacer la mochila. Para mi desgracia perdí mis gafas de sol favoritas en una de mis expediciones en canoa. El sol me deslumbraba, la cabeza no dejaba de girar y a duras penas logré llegar al círculo de sillas en el que en absoluto silencio los resacosos estonios compartían zumo de tomate, snus y café.   


Tuvimos que esperar un par de horas hasta que llegara el autobús que me acercaría a mi oficina. Un Tallin diluviando me recibía con los brazos abiertos, y la promesa de una hamburguesa del mercado de mi casa me hacía sonreír.


Cada patata era una cura a ese doloroso sentimiento de resaca. Cada mordisco a la mejor hamburguesa de Tallin era un esperanzador alivio ante el malestar que llevaba acompañándome ocho horas. Y entre el olor de la lluvia en mi jardín, y el sueño pendiente caí preso de una siesta en mi sofá que roza el podio.


Me levanté algo mareado, deshidratado y con ganas de algo dulce. Rápidamente llamé a Mari-Liis para que me llevara a por un helado. Y es que mi vecina se ha convertido en una muy buena amiga, y aunque sea vegetariana le estoy cogiendo cariño, tal vez hasta se la presente a algún amigo de Madrid, a ver si así termino de inculcarle el mediterráneo moral.


Viernes 15 de julio de 2022

Tallin

Recuerdos con contexto 336



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