313 - Un indio báltico.

Actualizado: 24 jun

No sé muy bien cuántas veces habré citado en este último año alguna estrofa de “Ama, ama, ama y ensancha el alma” y a escasas diez horas del examen que debería colegiarme como abogado vuelvo a ella, para una vez más encontrar paz en mis últimas decisiones.


Este recuerdo surge a raíz de la primera evaluación de desempeño de las ocho que tengo que hacer antes de octubre. Por ello he comido mano a mano con mi jefe en uno de mis indios favoritos de Tallin. Hemos divagado sobre la cultura española y la estonia, e inevitablemente hemos acabado hablando de las mujeres de cada cultura, para con leves matices hablarle de Extremoduro y Calamaro.

Ahora estoy tumbado en mi cama, alumbrado por la brillante luz de las noches infinitas tallinesas. La brisa enfría mi habitación y apaga mi cabeza, que lleva algo más de dos horas pensando en Extremoduro en lugar del examen que debería aprobar mañana.


No puedo evitar repetir una y otra vez “de pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado, pero ahora prefiero ser un indio, que un importante abogado”. Tampoco puedo evitar pensar mis breves y asíncronas conversaciones de hoy con varios de los que rellenan recuerdos de este diario, y sobre todo en lo mucho que disfrutan leyendo mis aventuras estonias. Y con tanto repetir, me olvido del examen.


Tal vez lo anterior no sea más que un mantra autocomplaciente por si mañana suspendiera, o tal vez porque hoy he sentido una vez más que la decisión de dejar Madrid atrás es más propia de un indio que de un importante abogado.


Miércoles 22 de junio de 2022

Tallin

Recuerdos con contexto 313




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