302 - Y también tiene playa.

Tallin es una ciudad que poco a poco me va descubriendo sus secretos. He aprendido a moverme entre los bloques de edificios soviéticos, y entre tanto paseo solitario he logrado entender sus secretos a través de la historia que cuentas sus fachadas.


Más allá de mis paseos sin rumbo he ido haciendo de esta ciudad báltica un refugio en el que sé que puedo huir del ruido de Madrid. Es curioso como a tres mil kilómetros de casa aún se escucha el barullo social de la capital. Ruido del que huyo con prolongados andares, un buen libro y Extremoduro de fondo.

Cualquiera que habitúe a leer estos recuerdos podría pensar que escribo con tanto cariño mis recuerdos bálticos para así no pensar en mis recovecos madrileños. Puede que haya algo de cierto en ello, y es que cada día que escribo sobre Tallin, más me gusta esta ciudad.


No sé muy bien porqué disfruto tanto de la tranquilidad estonia, y es que llevo algo más de diez días y el estrés madrileño ha desaparecido. Aquí las cosas tienen otro ritmo, y si por algún casual algo se acelera, siempre puedes escaparte a la playa, porque sí, Tallin también tiene playa.


Y centrándome por fin en el recuerdo de mi día de ayer, he de decir que jamás me esperé la enorme hospitalidad de los estonios. Mis amigos del curro me han acogido como un más, y todos los que ayer bebieron y jugaron al spike ball conmigo, renunciaban a su lengua para que yo me enterara de todo. Incluso con las bromas y cotilleos de su grupo de amigos.


El día de ayer me hizo entender que Tallin tiene todo lo que le pido a una ciudad, y ni si quiera las advertencias del frío invernal logran que sienta nostalgia por Madrid, una ciudad que está condenada a quemarte si juegas mucho con ella.


Sábado 11 de junio de 2022

Tallin

Recuerdos con contexto 302




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