235 - El primo de mi abuelo.

Mi abuelo tenía un primo, de esos con los que compartió prácticamente toda su infancia. Un primo que acabo siendo un hermano, y con quien disfrutó de su gran afición, el ajedrez.


Ambos llegaron a un nivel de ensueño, rozando los dos mil trescientos de puntos Elo, fruto de sus estudios y carteos ajedrecísticos.


Mi abuelo, piloto y padre de trece tuvo que dejar el ajedrez. Su primo Javier siguió estudiando y dedicándole las horas suficientes como para ganar a Nakamura en una partida de simultáneas.


Allá por el año dos mil cinco mi abuelo comenzó a enseñarme las aperturas básicas. Cuando cumplí once años ya tanteaba hacerle tablas, y el día que más cerca estuve, mi abuelo murió. Estuve varios años alejado del tablero, sentía algo raro cada vez que pensaba en ello, y no fue hasta hace pocos años cuando recuperé mi mayor obsesión.


Hace un par de semanas, Javier me envió tres entrevistas de más de dos horas cada una. En cada una de ellas, mi abuelo repasaba su vida. Sus aciertos y sus errores. Sus aventuras de aviación y los momentos que le hicieron ser feliz.


Y es que Javier estaba muy unido a mi abuelo, y en cierta medida ha sido un segundo abuelo para mí. Cuando murió mi abuelo comenzó a mandarme postales simulando ser un un amigo perdido que adoraba a mi abuelo. El carteo siguió durante varios años, y cada una de sus postales (guardadas como oro en paño) se publicarán con mis respuestas actuales a mediados de dos mil veintitrés.


Hoy he comido con él, y aunque nos hayamos confundido de día, hemos disfrutado en Jai Alai de buena comida y mejor conversación. Hemos pactado mi fichaje por su club de ajedrez. Quién sabe si algún día podré competir contra el recuerdo del abuelo por el que llevo mi nombre.


Me habría gustado jugar con mi abuelo al ajedrez, pero por suerte tengo a Javier y sus profundos análisis y estudios.


Martes 5 de abril de 2022

Madrid

Recuerdos con contexto 235



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