222 - Hablemos de Cura.

Llegará el día en el que no sea feliz en Cura, y aunque me aterre ese momento, no puedo evitar usarlo para valorar aún más cada subida al undécimo pico balear.


Preside cuatro municipios, Llucmajor, Algaida, Montuïri y Porreres, pero yo lo anexiono a mi querido y desprestigiado Llucmajor. Y es que desde el centro insular, entre Cabo Blanco y el Monasterio he aprendido a vivir.

Con Cura me pasa lo mismo que con cierta amistad, disfruto tanto y me transmite tanta paz que me da miedo perderla. Los cinco kilómetros de subida del Celler a la Hospedería no se diferencian mucho de Colón a Pío XII, y tal vez el zigzagueo de uno y de otro sea todo lo que necesite en esta vida.


Me gusta hablar de Randa, de su Monasterio y los recovecos que he ido descubriendo. Pienso en la chumbera que veo cada vez que me tumbo en la cruz del techo de losa donde descansan los fallecidos abades. Lugar desde el que supe que me gustaba mi primera novia o donde supe que quería dejar a la segunda.


Poca gente lo sabe, y Cura tiene varios secretos, desde cuevas de ermitaños hasta pasadizos ocultos. Incluso tiene un camino entre árboles que va a dar a la otra ermita de la montaña, la Ermita de Sant Honorat, situada encima del Santuari de Gràcia.


Y es que Cura, o mejor dicho Randa, tiene todo lo que uno puede desear en una amistad. Paz, perdón y perspectiva, porque a quinientos cincuenta metros de altura uno piensa más, mejor e incluso valora lo que deja atrás, y sino preguntadle a Ramón Llull.


Miércoles 23 de marzo de 2022

Madrid

Recuerdos con contexto 222





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