010 - No eres tú, soy yo.

Te extraño. Te añoro. Te echo de menos. Lo hago a diario. Echo de menos los buenos ratos juntos y las sonrisas cómplices. Echo de menos las noches en vela y ese cosquilleo que recorría mi cuerpo cuando, a cualquier hora del día, me pasaba algo que sí o sí tenía que compartir contigo. Echo de menos la confianza que teníamos, el no sentirme juzgado ni tener que medir cada cosa que decía. Echo de menos el torrente de sentimientos, las palabras que brotaban casi solas. Echo de menos entregarme sin esperar nada a cambio y que, al final, tú me devolvieras todo multiplicado por mil.


No sé si se nos gastó el amor de tanto usarlo, pero sí admitirás que nuestra relación dista mucho de ser la que fue. No sé si te di por hecho ni qué culpa tuvo mi trabajo. Por pereza y cierto hartazgo, por el camino perdí el sentido del humor y me volví más práctico, serio, aburrido e incluso algo cínico… Mis palabras empezaron a ser cortantes, medidas. Decidí guardar mis sentimientos por miedo a los reproches, por miedo a ese «qué dirán» que todavía me atormenta. Era irremediable que tú, que antes me devolvías todo por mil, acabaras resultándome arisca, ingrata y mucho menos atractiva.

Con todo, te echo de menos, querida escritura. Echo de menos la sensación de que, contigo, el mundo se detenía. Echo de menos el subidón de adrenalina de enfrentarme a un folio en blanco con la certeza de que tenía mucho que contar. Echo de menos que me apeteciera contarlo y saber cómo hacerlo. No digo que no haya destellos de aquella pasión, pero lo cierto es que, en la vorágine del día a día, no tengo tiempo ni ganas de hacer lo que un día hicimos juntos. Me defiendo muy bien a la hora de hacer notas de prensa o teletipos. Soy ágil escribiendo crónicas más o menos informativas. Me apaño con los reportajes. Doy cierto juego a la hora de realizar entrevistas. Pero pocas veces me pongo delante del teclado por pura apetencia. Aparte del cuaderno azul que llevé a mis últimos ejercicios espirituales, no recuerdo cuándo fue la última vez que escribí sobre lo que me preocupa de verdad o sobre lo que siento. No recuerdo cuándo fue la última vez que me viste desnudo…


Vaya por delante que no quiero empezar a soltar nombres de columnistas o tuiteros como si no hubiera un mañana —no quiero hacer name-dropping, como dice alguno que conozco—, pero no puedo más que rememorar una reciente conversación con Juan Mas, abogado y flamante agente literario:


—Mi escritura se ha oxidado. No tengo ganas ni ideas —admití delante de una cerveza que ahora me tiene que devolver.


—Escribe, escribe y escribe —me dijo, sin ser muy consciente del temporal que podía desatar.

El problema no es que hoy, a mis 34 años recién cumplidos, escriba muchísimo peor que Julio Llorente, que apenas tiene 25. El problema es que siento que escribo mucho peor que cuando yo tenía 25 años. Me he quitado algo de tontería y cometo menos errores, pero no tengo –ni de lejos– la espontaneidad que tiene mi hermano Carlos en este blog que hoy me acoge. Ya no aspiro a ser Campmany, pero tampoco tengo la libertad de llamar a alguien charlatán, mamarracho, papanatas o pazguato. Y muchos días tengo la tentación de plantar un árbol porque sigo sin hijos y los libros que un día soñé escribir se han quedado en el tintero.


Ay, escritura, ojalá volvamos a vivir lo que un día vivimos, pero ahora mismo no veo claro el futuro de esta relación. Ya sabes: no eres tú, soy yo.


Escrito en Madrid por Rodrigo Pinedo



152 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo