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  • Carlos Pinedo Texidor

007 - Frontera de Ucrania

Actualizado: 11 abr 2022

1. Camino a Varsovia - lunes 14 marzo

 

No podía ser de otra manera que mi viaje comenzara un lunes. Nací un lunes. Salgo desde Szczecin, Polonia, un lunes de marzo a las doce de la mañana con dirección Varsovia, capital de Polonia. El tren cruza por mares de cientos de árboles que van de este a oeste de Polonia.

 

Tres horas más tarde, llego a la estación de tren de Poznan, en la que entran muchas personas al tren. Desde la ventana del tren se ven unas carpas de color rojo que se han instalado en la estación, para la organización de los refugiados ucranianos. Y son un montón. Muchísimos. Por lo que puedo ver se les reparte comida y agua. Arranca de nuevo el tren.

 

Muchas horas más tarde paramos en una estación del pueblo Skierniewice. De aquí a Varsovia quedan 40 minutos. Tengo muchas ganas de llegar. Me viene a recoger Andrés, que me ha organizado todo el viaje a la frontera. La noche la paso en casa de Teresa, una amiga mía que está viviendo en Varsovia este año.

 

Andrés finalmente no ha venido a recogerme. La sensación de llegar a una nueva ciudad sin que nadie te espere en la estación es muy extraña. Y sobre todo la sensación de llegar a una ciudad de noche, y más aún a la estación central de trenes de Varsovia, centro neurálgico de la organización de miles de refugiados ucranianos. Nada más bajarme del tren, una familia de 2 madres con 6 o 7 niños gritando por entrar al tren rumbo a Cracovia. Un desastre.

 

La estación está llena de gente durmiendo en camas o en el suelo, supongo que donde pueden. Por otro lado, también está lleno de voluntarios con chalecos amarillos. Todo parece estar organizado, hasta cierto punto, porque la escena no deja de ser un caos.

 

Ya de paso, me he permitido dar el lujo de darme un paseo caminando a la casa de mi amiga. Varsovia, o por lo menos ese tramo de ciudad, está lleno de rascacielos modernos.  Mola un huevo el contraste de los edificios post comunistas con el desarrollo moderno actual. No me recuerda para nada a la Europa del este que he conocido hasta ahora. Finalmente consigo llegar a la casa de Teresa después de una conversación complicadísima llena de explicaciones sin sentido (se me ha olvidado decir que Teresa tiene un acento andaluz cerrao cerrao). En la casa están Teresa, Lucia y Fátima, que son sus dos amigas con las que vive.

 

He comprado el billete de tren para salir rumbo a Rzeszów, imposible de pronunciar, a las 05:15am, por lo que me tendré que ir a dormir pronto, y renunciar a pasar la noche polaca con ellas. Otra vez será.

 

2. Camino a Młyny, Hala Kijowska

 

Comienza mi día a las 04:05. El cielo oscuro de Varsovia inquieta, y mucho. Me despierto por el portazo de una de las chicas al entrar a casa. Me preparo, me ducho, y salgo para la estación central de Varsovia.

 

Una vez en la estación, que me la esperaba completamente vacía por lo temprano de las horas, busco mi tren. La estación está llena de madres ucranianas cogidas de la mano por sus hijos. Recordad que son las cinco de la mañana. Es una escena extremadamente triste. La estación está lena de miradas perdidas. Os prometo que no he visto cosa igual en mi vida. Es complicado de explicar. Es una mezcla de dolor, tristeza y cansancio. No consigo entender por qué la estación está tan llena. Cientos de niños.

 

El tren dirección Przemysl sale a las 05:14, pero va con media hora de retraso. Przemysl es la última ciudad importante antes de llegar a la frontera. Entre tanta gente, me inquieta un personaje moreno con el pelo largo y barba. No es habitual un hombre con tanto pelo en esta parte de Europa; todos ellos van prácticamente rapados o con cortes de pelo degradados.

 

¡Por fin llega el tren! Había una cierta inquietud, la verdad. Los voluntarios no sabían que hacer ya con la aglomeración de gente en el andén. 05.40 nos montamos en el tren. He de decir que de toda la gente que había en el andén se suben al tren muy pocos. Tiene sentido: nadie va dirección a Ucrania, todos ellos huyen hacia el oeste.

 

El tren en el que me monto, es uno de estos trenes compartimentados que tanto me gustan, nada que ver con los típicos asientos agrupados en fila. Afortunadamente, me toca un cubículo compartido con solo una persona, por lo que me puedo echar a dormir tumbado. Todo esto, maravilloso, no dura mucho tiempo. Una vez en Cracovia, entran dos chicos más al vagón. Arranca de nuevo el tren. Las horas pasan pero el paisaje sigue siendo prácticamente el mismo que deje en Szczecin.

 

De repente, pasa por el pasillo el chico en el que me había fijado en la estación, y me decido a ir a saludarle. Algo me decía que lo hiciera. Se llama Rodrigo Abd, argentino, es fotógrafo, ganador de un premio Pulitzer. Mi intuición es acojonante. Me dice que quiere entrar a Ucrania, que quiere ir Lviv y después a Kiev. Que jodida valentía, que dos cojones, coño. Me fascina a la misma vez que me horroriza. Le digo que tenga cuidado, como si fuera su madre, pero es él quien me saca mínimo veinte años. La ironía de la vida, supongo. Nos damos los números y quedamos en que estaremos en contacto. Me ofrece la posibilidad de entrar en Ucrania con él. “Que se habrá fumado este chico para verme a mí con cara de querer entrar” me dije a mi mismo. “Yo me quedo en la frontera” le dije. Estuvimos hablando un rato largo, compartiendo el estrés que los dos teníamos. Una conversación agradable, que en ese momento era lo mejor para combatir ese estado mental en el que estaba sumergido. Nos dimos la mano y nos deseamos lo mejor.

 

Pasamos Rzeszów (10:45), cada vez más cerca de Przemysl. Para variar, Andrés me llama para cambiarme los planes por quinta vez. Finalmente, tengo que coger otro tren más para acercarme a la frontera; de Przemysl a Radymno. Los encargados de la organización me esperan allí, en teoría. Aparentemente están sobresaturados de trabajo médico. Y aquí empieza mi pánico. Es ahora, más que nunca, cuando me empiezo a replantear lo que se de medicina, lo que llevo aprendiendo todos estos años, y si se de verdad ponerlo en práctica. Qué puto estrés, colega. He decir que he estado en situaciones parecidas en algún momento de mi vida, en aquel hospital keniano y en Bogotá durante el COVID; pero este estrés es peor. Mucho peor. Porque no sé qué esperarme.

 

Llego a Radymno, una estación de tren pequeña, en mitad de la nada en el campo polaco, cerca de la frontera con Ucrania. En la estación hay unas 20 familias de madres con sus niños esperando a la llegada de un tren camino Varsovia. Unos voluntarios han habilitado una sala llena de necesidades básicas (comida, ropa, pañales, y por supuesto, juguetes) que pueden utilizar.

 

Y por supuesto, ninguno de la organización me viene a recoger. Por lo que me decido acercar a un policía polaco a contarle mi situación. Ni él habla bien inglés ni yo hablo bien polaco, pero nos conseguimos entender. Me dice, con cara de mucha alegría, que me suba a su coche que él me acerca a la frontera. Nos montamos en su camioneta dirección Hala Kijowska. Durante este tramo me invade una sensación rarísima.

 

Quince minutos más tarde llegamos por fin a Hala Kijowska, en Młyny. A dos kilómetros de Ucrania. ¡Por fin!

 

El centro de refugiados al que acabo de llegar son dos almacenes enormes, tipo IFEMA, que los han vaciado enteros para convertirlos en centros de organización y coordinación de los miles de refugiados ucranianos que cruzan la frontera cada día.

 

3. Toma de decisiones 

 

A la llegada al centro, unos voluntarios polacos me acompañan para registrarme como voluntario. Me dan una tarjeta de identificación, un chaleco amarillo e indicaciones. Acto seguido me llevan al centro de salud donde estaré echando una mano estos días.

 

Me introduzco a los responsables del centro médico. Son cuatro paramédicos y una médica italiana. El centro médico está coordinado por InterSOS, una ONG parecida a médicos sin fronteras, en asociación con el grupo de paramédicos de Rzeszów. Yo creo que se sorprenden al verme llegar, supongo que esperaban a un médico y no a un estudiante de medicina. Pero la realidad es que necesitan mucha ayuda por lo que me acogen con los brazos abiertos. No es la primera vez que noto esta sensación, ni seguramente la última.

 

Una traductora voluntaria traduce del ucraniano al inglés todo lo que los pacientes que van llegando cuentan. La otra manera de comunicarme con ellos es a través de Google Translate, la mejor aplicación de la historia. Al cabo de las horas, comienzo a coger un poco de soltura, pierdo ese estrés incómodo, y qué queréis que os diga, pero me siento feliz. Feliz de tener la libertad de poder hacer lo que sé en un entorno de muchísima necesidad.

 

Este centro de refugio es la primera parada de muchas en el camino de los ucranianos. Es al primer lugar donde llegan después de haberse cruzado media Ucrania. Es al primer lugar donde las bombas no llegan. Están a salvo. Es el primer sitio donde pueden descansar sin miedo (sin tanto miedo).

 

Imagínate por un segundo la situación: estás en tu casa una noche cualquiera, te vas a cenar, te vas a dormir, sueñas, pero a diferencia de otros días, esta vez te despiertas en una pesadilla. Putin amenaza atacar e invadir tu país. La otra gran diferencia es que no es una pesadilla, es la realidad. A partir de este momento tu vida cambia, y tienes que decidir: te quedas o te vas.

 

Las mujeres que deciden irse entran en una odisea de muchos días de incertidumbre. Se llevan todo lo que les cabe en una maleta. Se van con sus hijos, pero no les queda más remedio que dejar a sus maridos en tierra. Emprenden la tristísima huida de su país. Tras varios días llegan a un centro enorme, donde miles de personas en la misma situación que ellas comparten todo: techo, cama, mantas, comida, lágrimas. Por un momento creen que la decisión más difícil de sus vidas la tomaron hace unos días. Sin embargo, al llegar a Hala Kijowska, se dan cuenta de que no se pueden quedar allí mucho tiempo, quizás unos días. Es ahora cuando deben tomar una decisión que cambiará el rumbo de sus vidas. ¿A qué país se van? ¿Polonia? ¿Eslovaquia? ¿Republica Checa? ¿Alemania, tal vez? ¿Francia? o quizás ¿España?  

 

El ambiente está lleno de incertidumbre.

 

A todas estas personas se les dan camas donde poder descansar con almohadas y mantas. Se les da comida, asistencia médica, e incluso juguetes; pero, sobre todo, se les da cariño, mucho cariño.

 

Había miles de madres. Miles de niños. Miles. Uno, dos, tres… quería contarles, pero era imposible. Si la escena fuese pintada, estaría lleno de colores oscuros, negros, morados, grises... La inhumanidad en vivo y en directo. Las caras lo decían todo sin tener en cuenta los llantos: miles de llantos. Llantos de madres, llantos de niños. No era de extrañar que los demás también llorásemos. Tendrán varias razones por las que seguir adelante, pero una de ellas, tan importante como cualquier otra, es que se tienen las unas a las otras.

 

Al rato, llega un voluntario acompañado de una anciana ucraniana sorda, muda, y prácticamente ciega. Es imposible entablar comunicación con ella. No sabemos de dónde viene, ni con quien viene, ni a dónde va. La situación es un poco desesperante. Tenemos que encontrar la manera de llevarla a donde se encuentra su hija en Varsovia. Ella se comunica a través de una tablet con sus familiares. Teclea cada una de las teclas del aparato con la ayuda de una lupa. Entre tecleo y tecleo usa la lupa para ver donde pondrá el próximo dedo. Alucinante. ¿Como habrá llegado esta señora aquí?

 

Por la tarde conozco a Ariel, un argentino simpático de pelo largo sucio, con el que he acabado pasando mucho tiempo durante estos días. Tiene pinta de que lleva aquí bastante tiempo. Me cuenta que hay un grupo de españoles voluntarios durmiendo en el centro, por lo que le pido que me acompañe para conocerles. Siempre está bien tener gente cercana. Una vez pasada la tercera esquina a la izquierda, en el segundo pasillo al fondo, me encuentro con Ángel, Pol, Daniel y varios exmilitares. Ángel, valga la redundancia, es quien será literalmente mi ángel de la guarda durante estos días. Un señor de Albacete, lleno de ira por la injusticia ucraniana, que se convenció así mismo de venir a la frontera para ayudar a los refugiados.

 

Más tarde conozco a Pol, un chico de mi edad, voluntario de la legión internacional, parece sacado de un cuento. Pero no de un cuento feliz. Va de acá para allá sin parar un segundo. Es un tío delgado, de estatura normal, poco musculoso; vamos, lo contrario a lo que me imaginaba que fuera un militar. Tiene las pupilas grandes, completamente dilatadas, dos lunas. Habla rapidísimo, las palabras le bailan completamente, pero me cae bien. Eso sí, no para de contarme la historia del bombardeo de la base militar en la que estaba. “BOOM, BOOM, BOOM”, me decía, casi riéndose. “Los putos rusos no han podido conmigo”. Yo, casi sin pestañear, no producía palabra alguna.

 

También estaban 3 exmilitares: un español, un colombiano y un peruano. Se habían conocido hace dos semanas, pero ya eran hermanos para siempre. Cada cual se había alistado a la legión internacional por su cuenta, y se habían encontrado en una base militar cerca de Lviv, Ucrania. Su recorrido en el frente ucraniano no duró mucho tiempo, porque los aviones rusos encontraron la base militar al cabo de unos días y la bombardearon sin ningún tipo de escrúpulo. Las historias que contaban eran desgarradoras. Nunca me había puesto en la situación de qué hacer si estás bajo una lluvia de misiles. Correr. Correr hacia el bosque. Correr y perderse entre la multitud de árboles para evitar ser visto por los aviones rusos. Buscar refugio en la naturaleza, porque en el asfalto eres carne de cañón. Los 3 se reencontraron en el centro de refugiados de la frontera. Imaginaos el abrazo que se dieron.

 

A medianoche, llegan dos exmilitares más, ambos de origen latinoamericano, con heridas de explosión en las dos piernas. El estallido de los misiles provoca, entre otras cosas, una lluvia de piedras disparadas hacia todos los lados. Hablo con ellos, desesperados por contar sus historias, mientras les curo las heridas. Y una vez acabado, nos fuimos a fumar un cigarro. El primer cigarro que me fumo desde el 26 de septiembre.

 

Consigo hacerme un sitio entre miles de camas para poner la mía junto a varias familias ucranianas. Pensaba que mi día acabaría aquí, pero era solo el comienzo de otra parte del día. Era el momento de escuchar sus historias. Y qué historias…

 

La luz no se apaga, ni mucho menos el cuchicheo de miles de personas invadidas por el insomnio. Sin embargo, mi cuerpo se apagó como se apaga un teléfono cuando se queda sin batería. Fin del día. 02:15am

 

4. Aclimatándome

 

Abrir los ojos para ver cientos de personas andando a medio metro de tu cama es, cuanto menos, vertiginoso. Te pegas un susto. Se te había olvidado dónde estabas. Tardas unos segundos en recuperar la noción. Estás en la frontera de un país en guerra, en un centro de refugiados. Parece una ciudad; personas andando en todas las direcciones, con un rumbo aparente. Los niños, despiertos: corren, gritan, saltan y juegan. A mi entender son los que menos sufren esta situación, pero ¿cómo les afectará esta sensación de huida en su futuro? Ningún niño se merece estar en esta situación. Los niños ven llorar a sus madres. Qué horror. Todo esto todavía sin salir de la cama. 07:30am. Chorro de agua fría en la cara, te espabilas, acto seguido en el pelo, te congelas. No tengo toalla. Ni falta que hace mencionar que no existen duchas.

 

World Central Kitchen trabaja sin descanso preparando desayuno, comida, y cena en el centro. Qué maravilla. La comida es básica, pero está buena: arroz blanco, pollo en salsa, patata cocida, y una sopa polaca con salchichas. A todo esto, cabe mencionar que es la primera vez que como algo desde el lunes a las 12:00am. Casi 48 horas sin comer. Había perdido el apetito completamente.

 

A eso de las 08:15 me dirijo al centro médico. Una sala rectangular de unos 60 metros cuadrados (6 de ancho x 10 de largo) aproximadamente. Una mesa central que sirve de recepción, con “cubículos” divididos por mantas tanto a la derecha como a la izquierda. Al fondo del todo, un arsenal de medicinas. Comienza el día.

 

Esta mañana está de voluntario un médico polaco, Jacob, urólogo de profesión. Junto a él le acompañan cuatro paramédicos. Todos con cara de simpáticos. Este médico me facilita la vida bastante porque, además de dejarme hacer prácticamente todo, también me explica; y de estos no te encuentras a menudo. La gran mayoría de pacientes que entran al centro médico vienen por 3 razones; por ansiedad, por descompensación de enfermedades crónicas y por síntomas gastrointestinales.

 

Muchas madres vienen con una ansiedad descomunal: hipertensión, dolor de cabeza, intranquilidad, insomnio, sudoración, taquicardia, taquipnea, diarrea o constipación. Todos estos síntomas se replicaban en cientos de ellas. ¿La solución? Una pastilla de hidroxicina, un antihistamínico de primera generación con efectos ansiolíticos. Por otro lado, muchas mujeres también vienen porque se les ha terminado su medicación diaria. Los niños suelen venir por síntomas gastrointestinales: vómitos, diarreas, etc. 

 

Una cosa de la que me he dado cuenta es de la importancia del saber comunicar. Una gran parte de saber curar es saber escuchar para poder tranquilizar a los pacientes. Este aprendizaje me lo llevo conmigo para toda la vida. En la carrera no se enseña el verdadero significado de la empatía. Se intenta enseñar como cualquier otra asignatura que se tiene que estudiar, pero la realidad es completamente distinta. Sin empatía la medicina pierde todo acto de humanización. El médico tiene que sentir lo que el paciente siente, tiene que escuchar lo que el paciente dice, tiene que comprender la frustración de la persona para poder dar una solución. Un médico tiene que hacer todo esto por puro respeto a la raza humana. Y aquí, en Hala Kijowska, entre tanta tristeza, he aprendido ese respeto.

 

Escrito en la frontera por Tano Garrigues




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