006 - Excitantes, excitables y excitados.


Me encanta hacer buenas historias, y la que voy a contar pasó al final del verano de 2021.


Hace poco me vi queriendo volver a ese lugar en el que me quedaron cosas pendientes. A veces me voy de los sitios dando un portazo y otras mirando atrás. Pero de los Caños de Meca me fui con ganas de más.


Yo estaba trabajando en un estudio en Málaga. Prometían ser unos meses de trabajo duro pero también de retiro, porque estaba sola; iba a tener tiempo para leer, hacer ejercicio y seguir aprendiendo hebreo.


En julio tenía jornada completa, pero en agosto solo media. Dediqué todos mis fines de semana y tardes de agosto a descubrir las playas malagueñas nudistas/naturistas -la diferencia me la enseñó uno de los amigos que hice: el naturismo pretende fortalecer la conexión del cuerpo con la naturaleza y el nudismo implica intención sexual-.


Una de esas playas pasó a ser pronto mi zona de confort, y hacia el final del verano era la única a la que iba. Algunas caras empezaron a serme familiares, aparecieron saludos cordiales (sonrientes y silenciosos) y comentarios sobre el tiempo del palo: “cuidao con la canícula niña ponte crema” o “no pega hoy el sol ni ná”. Todos los días hacía algún amigo, más o menos deseable, pero siempre hombre. Porque las pocas mujeres que había siempre venían con sus novios y sin intención de socializar.


Un día unos de esos “amigos” se tomaron demasiadas libertades y monté un numerito inolvidable para cualquier playandante que por allí pasara. Así que cuando me quedé satisfecha con la humillación que proporcioné a semejantes gilipollas me vestí y me fui.


Cuando llegué al parking me di cuenta de que me había seguido uno de los que siempre andaban por allí sin molestar. Se había catado de la movida y quería ofrecerme su compañía la próxima vez que coincidiéramos en la playa -al parecer, cuando a una mujer le acompaña un hombre nadie se le acerca-. Oferta que, por supuesto, rechacé con vehemencia. Fue muy majo y educado, pero todavía me hervía la sangre y sentía un odio generalizado hacia el género masculino. ¡Yo, que amo a los hombres! En fin…


La mañana siguiente volví a la playa, allí estaba el suso dicho (X a partir de ahora) y tuve que recapacitar; él estaba al fondo tomando el sol: un cuerpo bronceado y esculpido por la misma mano de dios. Con belleza se me puede convencer de casi cualquier cosa, y X dictaba cánon. Me acordé de su oferta… seré muchas cosas, pero de tonta no tengo un pelo. Así que, en aquella playa nudista, bien lejos de mi educación católica-conservadora, me acerqué sin vergüenza, con la excusa de compartir una sustancia que se fuma y es ilegal, para empezar una conversación con un hombre que, por lo menos, me doblaba la edad.


Las fichas volaban de un lado a otro con velocidad y elocuencia. Al principio era raro: había una mezcla de duda, reticencia y rechazo por ambas partes, pero tardamos poco en hacer caso omiso de la diferencia de edad y nos arrojamos a la adrenalina de “lo que no se debe hacer”. Pasamos un buen día de playa con todo tipo de situaciones en las que el tiempo pasaba rápido o lento, pero nunca en balde. Ese flirteo derivó en besos y acabó en secretos de alcoba. Nos vimos tres o cuatro veces en playas diferentes y en mi casa.


Una de esas veces X me contó que tenía planeado recorrer la costa atlántica de sur a norte y me propuso que fuera con él. ¡Nada me apetecía más! pero estaba trabajando. Decidí escaparme el finde a su primera parada: los Caños de Meca. Fuimos por separado, él en su van (en la que dormiríamos) y yo en coche. Nos encontramos allí: en tierra de nadie.


Los Caños de Meca es un pueblo sin calles asfaltadas ni presencia policial. Construcciones bajas, palmeras, buganvillas, ciclistas y acampados. Hay que descender acantilados para llegar a las playas, que son de arena fina, profundas, llanas y bastas. El Atlántico gaditano es bravo y frío, pero se deja entrar; y el sol cae justo en frente, en un horizonte tan limpio que se aprecia la curvatura de la Tierra. Vamos, el sueño del hippie más ambicioso.


Las calas se unen a través de cuevas, cúmulos de rocas y caminos estrechísimos que quedan abiertos sólo cuando la marea baja. Con tantas dificultades para pasar de una cala a otra la matemática es fácil: cuántas más atravesemos más solos estaremos. Y eso hicimos. Llegamos a una cala bastante amplia pero protegida por acantilados. Había caídas de agua dulce naturales, rocas que hacían de biombos, alguna barca abandonada y esqueletos de peces gigantes. Aunque había algunas personas (tampoco muchas, cuatro o cinco), nos gustó y nos quedamos. No voy a entrar en los detalles de aquella tarde porque no pretendo competir con H.S. Ashbee, solo diré que lo pasamos estupendamente.


Cuando vimos que subía la marea fuimos a ducharnos y luego salimos a cenar. Era gracioso ver cómo algunas personas entraban en conflicto intentando descifrar si X y yo éramos pareja o padre e hija. Y aunque disfrutaba viendo cómo alguno le daba más de una vuelta, también me gustaba sacarle de dudas dándole un beso o tocándole el culo.


Después de cenar bajamos a la playa a fumarnos un algo, que según los Vedas es júbilo, vida y potencia sexual. Al rato nos dio frío y nos dirigimos al camping; me subía una pulsación cada metro que avanzábamos. Subí el ritmo por inercia, le hizo gracia y me siguió hasta la puerta de la van. No hacer ruido se convirtió en todo un reto nocturno porque los otros acampados estaban bastante cerca, pero nos las apañamos para que no sonaran las amortiguaciones…


Fue un fin de semana memorable. Nos olvidamos de deberes, horarios y ropas. Cuando no estábamos fumando, estábamos paseando por la playa, comiendo el pescado del día al espeto, o satisfaciendo otras apetencias.


Íbamos provocando sin pudor, no dejábamos de tocarnos y besarnos. Éramos “pegajosos”, como X decía. Vibrantes. Atrayendo miradas, suscitando duda y alentando cuchicheo con la firmeza de quién está siendo feliz. Armónicos por el deseo de dos que se están descubriendo. Excitantes, excitables y excitados.


Allí, en los salvajes Caños de Meca, nos despedimos y no volvimos a vernos.


Escrito en Madrid por Aspasia de Mileto




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